Recuerdo el frío de aquel invierno, y como algunos domingos por la tarde, cuando quedábamos en la plaza de la catedral, me llamabas principito por como llevaba mi bufanda. Recuerdo el frío de tus manos bajo las mías, en aquel café con velas en cada una de las mesas, con susurros, con sonrisas, y, un día de reyes, con regalos debajo de la mesa y sonrisas de ilusión.Recuerdo el frío de tu vientre bajo mi lengua, recogiendo el azúcar, antes de cogerte en brazos y llevarte a la ducha.Y tantos recuerdos, que, ahora, me hielan la piel...yo, que siempre tuve un tacto cálido junto a tu tacto de hielo...y ya no solo se me hielan los pies.
Me querías como nadie lo había hecho, aunque fuera desde la distancia, y como nadie me llegaría nunca a querer. Quisiste regalarme el más bello de los recuerdos, una sola noche, una pequeña tregua para los dos, un regalo que la vida nos debía y todas esas cosas que decías con tu palabrería. Me hiciste sentir el deseo y la ternura como nunca antes, me hiciste sentir cada milímetro de mi piel como si fuera el más valioso y deseado de los tesoros. Pero no sabías que, tras tus caricias, tus atenciones, que ese recuerdo eterno y perfecto, que ese amor sin igual implicaba que me pasaría la vida echándote de menos.
Y ahora no sé qué hacer con tanta pena.
Recuerdo que te esperaba en el banco de la plaza de detrás de tu casa. Recuerdo que era diciembre, y hacía frío, y que había niebla, una niebla que envolvía todo de un color violáceo que se anaranjaba en los halos de luz de las farolas. Y yo te esperaba, vestido con mis vaqueros desgastados, mis viejas zapatillas, la cazadora de cuero de mi abuelo que tanto me gustaba, aunque pasara algo de frío, ojeando un libro de relatos de Camus y escuchando la cinta que Luismi me grabó de los Automatics en el walkman.Recuerdo que yo siempre llegaba pronto para sentarme a leer un rato mientras escuchaba algo de música, con la vieja bandolera de pana de mi padre sobre las rodillas, perdiendo de vez en cuando la vista, antes de hacer una anotación al margen con aquel lápiz diminuto que aún guardo en mi viejo estuche del colegio.
Recuerdo que teníamos 16 años, que tú querías perderte por las noches entre bares de moda y discotecas, y que a mí solo me atraía ir a algún concierto que otro, aquellos a los que iba con mi hermano. También recuerdo que no te gustaba leer y que los Automatics te levantaban dolor de cabeza. Y también, que me aburrían las historias de tus amigas y sus novios, y que odiaba todas esas canciones de los 40 que tanto tarareabas.
Y, aún así, estábamos juntos. Porque tú pensabas que yo era una especie de rebelde sin causa, con cazadora de cuero y vaqueros desgastados, una suerte de James Dean de 16 años y clase media, aunque tú apenas sabías quien era James Dean, y siempre me decías que te recordaba a Leo DiCaprio en “Diario de un rebelde”, y eso no me gustaba, o que me decías que con el pelo así me parecía a Mark Owen, y eso sí que me disgustaba. Y yo estaba contigo porque tu prima me había dicho que contigo lo tendría fácil, el mismo día que me rechazó; y porque me cansé de esperar a que Vero se decidiera si quería o no algo conmigo; y porque tenías unas tetas increíbles para tener solo 16, y porque sonreías mucho y me escuchabas como si todo lo que dijera fue importante.
Y, ahora, me doy cuenta de que fuimos espejismos el uno para el otro, que aún así, reímos mucho juntos, y perdimos miedos y vergüenzas, y quizá algún que otro complejo. Y que ya no tengo tiempo como entonces, para escribir cartas de amor o para sentarme a esperar ojeando un libro en un banco, aunque solo fuera por hacerme el interesante para ti.
En estos vagones, ningún asiento mira a sus ventanas. Miramos unos a otros, sentados, sin levantar la vista de nuestros pies si no es de una forma tímida y furtiva. Y echo de menos paisajes que dejar pasar, viajar porque sí, sin prisa, sin reloj, sobre todo, sin destino claro. Y los vagones, que siempre me parecieron con un halo romántico y nostálgico, con reencuentros fortuitos, huidas, vidas, en suma, son ahora cajas de zapatos rebosantes de prisas y obligaciones, de bostezos y caras largas. En los andenes en los que me subo y me bajo, no hay el brillo de una despedida con ganas de volver a verse, no hay manos ni pañuelos agitándose para decirse “hasta pronto” o “hasta nunca”, ni tan siquiera una mirada que quiere decir “hasta nunca” aunque suplique un “no te vayas”. Aquí solo hay gente de paso, gente que mira cuánto tardará en llegar el siguiente, luces fluorescentes inundando una tubería rebosante de personas anónimas luchando cada día con lo de cada día.
En estas calles, nadie pasea sólo por pasear, todos vamos vestidos formalmente, con maletines y cosas que hacer, con prisas, sin vernos más allá de los zapatos. Apenas recuerdo ya aquella sensación de perderme entre las calles sin más prisas ni objetivo que el andar y pensar en mis cosas mirando alrededor. Ya ni siquiera sé si son plátanos o castaños los árboles de la acera, o si se los han llevado todos para recordarnos que aquí la vida, esa que va despacio y creciendo poco a poco, no tiene lugar.
Y vuelvo a coger otro vagón 8 horas después, con otra para la comida que siempre acaba ocupándose y picando cualquier cosa, con el estómago medio lleno y el alma un poco medio vacía, me subo a ese vagón, que no sé si es el mismo de siempre o solo es igual a todos los demás, y cansado me apoyo en la pared y miro el trayecto que me sé de memoria.
Y subo las escaleras, porque después de todo quiero sentirme vivo, aunque solo sea porque me pesen las piernas, y llego a casa, y me siento en el sofá a esperarte en pijama, después de una ducha tibia, ojeando el viejo atlas. Y se me pasa que hoy hacía yo la cena, pasando hojas con todos los sitios a los que queríamos ir, donde queríamos vivir, donde pasaríamos temporadas, donde tú querías ir y yo no porque hacía demasiado calor, donde yo quería ir y tú no, porque hacía demasiado frío y nunca llegaba la noche. Y me doy cuenta que las fronteras han cambiado tanto, y que hace años que no te escribo una carta de amor, o una de esas notas que te dejaba en el frigo, o que no me dejas el desayuno preparado en la mesa de la cocina para cuando me levantara, antes de irte a trabajar; que hace meses que no te voy a buscar a la salida del trabajo. Y por primera vez, siento miedo de que tú tengas esta misma sensación, esa misma sensación que ahora mismo me hiela las entrañas y me pone la piel de gallina, y que, hoy, decidas no volver a casa.
Ayer, mientras recogía mis cosas, mientras empaquetaba lo poco que quedaba de mí en este cuarto, donde ahora estoy sentado, donde escribo y escribía, encontré, al recoger el último cajón, en el fondo, perdido o escondido, pues no sé si lo guardé para devolvértelo o para no volver a verlo ni a verte, aquel colgante en forma de doblón con un brillante rojo en medio, y con un cordón de cuero. Recuerdo que era especial para ti, y recuerdo también que lo dejaste aquí olvidado aquella última noche, cuando yo quería que todo fuera perfecto y a ti te dolía el estómago. La última noche que me sentí temblar al amar a alguien.
Ahora, lo tomo entre mis manos, y lo miro embobado, pensando en lo triste de habernos perdido, en que mi vida se ha vuelto cómoda y no tengo nada que contar, porque apenas vivo nada. Que extraño nuestros días confusos y traviesos, haciéndonos daño y dándonos placer sin ser del todo culpables pero nunca inocentes.
Y echo de menos leerte cuentos sentados en un banco de aquel parque a las 2 de la mañana, o desnudarnos en portales para amarnos impulsivos guiados por las ganas y el instinto, cegados. Echo de menos llevarte al teatro, escapar por las mañanas para irnos a pasear por debajo de árboles mientras esperábamos a que tu casa quedara vacía, para poder disfrutar de unas sábanas, aunque fuera con urgencias. Echo de menos morder tus pezones, intentarte convencer para atraparte con mi objetivo, sentir tus labios rodeando mi sexo y haciéndome suspirar, tu delicadeza en cada una de tus atenciones, acabar sucios de revolcarnos en el suelo de aquella carbonera mientras hacíamos el amor y yo destrozaba las punteras de mis zapatos. Echo de menos el buscar cuartos con armarios y camas para pagar por horas para disfrutarnos en un lugar un poco más íntimo, aunque tan gastado. Echo de menos nuestros reproches cuando aparecía alguien más en medio de nuestros juegos, besarnos y salir corriendo, huir y hacer el amor solo para parar el tiempo, para no crecer más allá de nuestro momento confuso.
Ahora somos gente decente, normal, con una vida llena de estabilidad y responsabilidad, cada uno con su camino. Y seguramente, a los dos, nos comen el hastío y los recuerdos. Y por eso no te llamaré para devolverte tu colgante. Creo que lo dejaré aquí, en esta habitación que vio nuestra última noche, cuando te tomé en brazos, cuando te cuidé, cuando por fin te di lo que los dos merecíamos.
A veces, lamento que pudiéramos pararlo.
Puedes ponerle un salakov a un cura y no por ello el cura hablará de Darwin y admitirá q no todos somos hijos de Dios hechos uno a uno por Él, diseñados en su maravillosa mesa de ingeniero divino, ni tampoco puedes esperar que admita que hay trozos de algo que ni tan siquiera imaginaba que tienen más años de los que la Biblia dice que tiene la tierra. Seguramente, si consigues ponerle un salakov a un cura solo consigas un cura con un sombrero bastante gracioso en la cabeza. Sería como si le pusieras un alzacuellos a Dawkins; no creas que por ello dejará de hablar de espejismos y genes egoístas. A veces las cosas no son más que lo que parece que pueden llegar a ser. Nadie cambia el mundo con una patata; aunque una patata puede ser suficiente para cambiar una vida o reventar un tubo de escape. Mi madre siempre decía que no debes fiarte de las apariencias, y tenía razón. No por mucho que el hijo de un juez sea de izquierdas y se vista con ropa de mercadillos de segunda mano deja de ser hijo de un juez, aunque eso tampoco tiene porqué ser malo.
Un cura con un salakov y sentido del humor puede ser como un arriero con un sombrero de paja contando un chiste; ahora, si tiene mal humor, puede ser tan molesto como un grano en un sitio indebido, si es que los granos tienen algún sitio al que deberse.
Alejandro era algo así como un grano, no porque se considerase una persona molesta, al contrario, era un chico educado, correcto y muy discreto, sino porque tampoco sentía que encajara bien en ningún lugar, y no tardaba en encontrarse incómodo cuando acudía a una fiesta o algún otro sitio con demasiada gente, como una manifestación o una cena con una chica. Pero eso no es que le importara demasiado, a veces al contrario, se congratulaba de su capacidad de ser distinto, pensando “es bueno serlo”, pero después se aburría de no encontrar un tema de conversación que no le aburriese, o algo que hacer que no le resultara tedioso. Alejandro no era un vago, como decía su padre, aunque nunca hiciese nada que requiriese algún esfuerzo físico o mental. Quizá por eso todo le aburría, y se dejaba llevar sin más, sin ganas de dejarse llevar pero aún menos de no hacerlo. Alejandro ni siquiera sabe que es un salakov ni le interesa mucho la evolución ni la Biblia, aunque a punto estuvo de confirmar su fe ante Dios Padre Todopoderoso, porque eso suponía una comilona y una buena propina, y además, ropa bonita y elegante para un chico de 16 años, y si hay algo que a Alejandro le gustaba, era la ropa bonita y elegante. Y no es que Alejandro fuera un apasionado de la moda, pero sólo encontraba comodidad cuando notaba su vanidad cuidada e hinchada como un globo, un globo que aparta todas las demás cosas que podrían ocupar su cabeza y la vacía para verse vestido de Armani o de cualquier otra marca que sonara a cara. Eso le reconfortaba, claro, a quién no, a parte de mucha gente, pero en el fondo, Alejandro, y olvidar de una vez por todas la tentación de llamarle Alex, pues así le llama su hermano y a Alejandro no le gusta que nadie, salvo su hermano claro está, se tome esas familiaridades, sabía en el fondo de su corazón, o de su mente, o de su estómago, o de su páncreas, o de la parte de la anatomía donde quiera que se esconda el alma, sabía Alejandro que con la vanidad, con ese sentirse bien no era suficiente, que la vida tenía que tener algún misterio más, algo más que otorgar. Quizá por eso Alejandro, el día de su confirmación, con su traje de Zara, y no de Armani, algo por lo que a lo mejor todo aquello ya no merecía la pena, se puso a pensar que quizá la respuesta a ese algo estuviera en el origen de la vida, y por eso se imaginó al párroco vestido de paleontólogo analizando un coprolito, que no es otra cosa que una hez seca pero de hace millones de años, y le dio la risa. Tanto que el párroco, tan nervioso por la presencia del obispo, le echó de allí poniéndole, y porqué no decirlo sí es verdad, también poniéndose, en ridículo.
Así pues, Alejandro aquel día se acostó con la sensación de haber tenido una comilona a pesar del disgusto y la vergüenza que pasó su madre, pobre, que estaba tan ilusionada; de haber estrenado un traje, a pesar de ser de Zara y no de Armani, y de no parecer tan importante como se imaginaba en traje, no tanto por su precio como por el hecho de que un chico de 16 años no deja de ser un chico por llevar un traje; y preguntándose como demonios se llaman esos sombreros que parecen cascos que llevan los paleontólogos y que tan gracioso le quedaba al párroco.
A esta primavera se le rompió una esquina anoche, cuando a don Mario se le acabó la tregua. Ya no volveré a leer nada nuevo de él, cruzó el túnel siguiendo aquella vía, y ya no volverá con su pinta de nono, que tanto me recordaba a aquel personaje que interpretó Mastroianni. Le recordaré, sí, con esa misma imagen, y también seguiré buscando historias y respuestas en su idioma sencillo, claro y preciso, y también precioso; en verso y prosa, y en sus pequeñas piezas de teatro. Va con Pedro, y el capitán, que es Coronel, queda llorando. Ya no hace falta preguntar quién de nosotros, le tocó a él. Por suerte, dejo buenos andamios para quienes venderíamos el alma por solo una décima parte de su talento. Espero tenga un viaje grato, chau don Mario.