cobardes
Si algo aprendí en el patio del colegio, fue a no llorar. A tragarme las ganas de cada lágrima hasta hacerlas desaparecer, hasta anularlas. Hacer bajar ese nudo de la garganta al estómago y que se atascara en mi pecho. Me angustiaré, me ahogaré, me doldrá más que cualquier otra cosa, y aumentará el dolor de lo causado, pero no lloraré. Porque en el patio del colegio, ese ensayo del mundo real donde pisotear o ser pisoteado es lo más habitual, me enseñaron que la debilidad se basa en expresar lo que sientes. Y que puedes hacer lo que quieras, todo lo que en casa siempre te dijeron que está mal (esto se ha de hacer especialmente en el patio del colegio) menos llorar. Porque el que llora se condena a ser pisoteado y ridiculizado.
Quizá por eso no añore la infancia, porque aún me duele el pecho cada vez que algo me hace daño; porque sigo sin ser capaz de llorar.


