Saturday, June 13, 2009

un sombrero de paleontólogo

Puedes ponerle un salakov a un cura y no por ello el cura hablará de Darwin y admitirá q no todos somos hijos de Dios hechos uno a uno por Él, diseñados en su maravillosa mesa de ingeniero divino, ni tampoco puedes esperar que admita que hay trozos de algo que ni tan siquiera imaginaba que tienen más años de los que la Biblia dice que tiene la tierra. Seguramente, si consigues ponerle un salakov a un cura solo consigas un cura con un sombrero bastante gracioso en la cabeza. Sería como si le pusieras un alzacuellos a Dawkins; no creas que por ello dejará de hablar de espejismos y genes egoístas. A veces las cosas no son más que lo que parece que pueden llegar a ser. Nadie cambia el mundo con una patata; aunque una patata puede ser suficiente para cambiar una vida o reventar un tubo de escape. Mi madre siempre decía que no debes fiarte de las apariencias, y tenía razón. No por mucho que el hijo de un juez sea de izquierdas y se vista con ropa de mercadillos de segunda mano deja de ser hijo de un juez, aunque eso tampoco tiene porqué ser malo.

Un cura con un salakov y sentido del humor puede ser como un arriero con un sombrero de paja contando un chiste; ahora, si tiene mal humor, puede ser tan molesto como un grano en un sitio indebido, si es que los granos tienen algún sitio al que deberse.

Alejandro era algo así como un grano, no porque se considerase una persona molesta, al contrario, era un chico educado, correcto y muy discreto, sino porque tampoco sentía que encajara bien en ningún lugar, y no tardaba en encontrarse incómodo cuando acudía a una fiesta o algún otro sitio con demasiada gente, como una manifestación o una cena con una chica. Pero eso no es que le importara demasiado, a veces al contrario, se congratulaba de su capacidad de ser distinto, pensando “es bueno serlo”, pero después se aburría de no encontrar un tema de conversación que no le aburriese, o algo que hacer que no le resultara tedioso. Alejandro no era un vago, como decía su padre, aunque nunca hiciese nada que requiriese algún esfuerzo físico o mental. Quizá por eso todo le aburría, y se dejaba llevar sin más, sin ganas de dejarse llevar pero aún menos de no hacerlo. Alejandro ni siquiera sabe que es un salakov ni le interesa mucho la evolución ni la Biblia, aunque a punto estuvo de confirmar su fe ante Dios Padre Todopoderoso, porque eso suponía una comilona y una buena propina, y además, ropa bonita y elegante para un chico de 16 años, y si hay algo que a Alejandro le gustaba, era la ropa bonita y elegante. Y no es que Alejandro fuera un apasionado de la moda, pero sólo encontraba comodidad cuando notaba su vanidad cuidada e hinchada como un globo, un globo que aparta todas las demás cosas que podrían ocupar su cabeza y la vacía para verse vestido de Armani o de cualquier otra marca que sonara a cara. Eso le reconfortaba, claro, a quién no, a parte de mucha gente, pero en el fondo, Alejandro, y olvidar de una vez por todas la tentación de llamarle Alex, pues así le llama su hermano y a Alejandro no le gusta que nadie, salvo su hermano claro está, se tome esas familiaridades, sabía en el fondo de su corazón, o de su mente, o de su estómago, o de su páncreas, o de la parte de la anatomía donde quiera que se esconda el alma, sabía Alejandro que con la vanidad, con ese sentirse bien no era suficiente, que la vida tenía que tener algún misterio más, algo más que otorgar. Quizá por eso Alejandro, el día de su confirmación, con su traje de Zara, y no de Armani, algo por lo que a lo mejor todo aquello ya no merecía la pena, se puso a pensar que quizá la respuesta a ese algo estuviera en el origen de la vida, y por eso se imaginó al párroco vestido de paleontólogo analizando un coprolito, que no es otra cosa que una hez seca pero de hace millones de años, y le dio la risa. Tanto que el párroco, tan nervioso por la presencia del obispo, le echó de allí poniéndole, y porqué no decirlo sí es verdad, también poniéndose, en ridículo.

Así pues, Alejandro aquel día se acostó con la sensación de haber tenido una comilona a pesar del disgusto y la vergüenza que pasó su madre, pobre, que estaba tan ilusionada; de haber estrenado un traje, a pesar de ser de Zara y no de Armani, y de no parecer tan importante como se imaginaba en traje, no tanto por su precio como por el hecho de que un chico de 16 años no deja de ser un chico por llevar un traje; y preguntándose como demonios se llaman esos sombreros que parecen cascos que llevan los paleontólogos y que tan gracioso le quedaba al párroco.

Monday, May 18, 2009

chau don mario

A esta primavera se le rompió una esquina anoche, cuando a don Mario se le acabó la tregua. Ya no volveré a leer nada nuevo de él, cruzó el túnel siguiendo aquella vía, y ya no volverá con su pinta de nono, que tanto me recordaba a aquel personaje que interpretó Mastroianni. Le recordaré, sí, con esa misma imagen, y también seguiré buscando historias y respuestas en su idioma sencillo, claro y preciso, y también precioso; en verso y prosa, y en sus pequeñas piezas de teatro. Va con Pedro, y el capitán, que es Coronel, queda llorando. Ya no hace falta preguntar quién de nosotros, le tocó a él. Por suerte, dejo buenos andamios para quienes venderíamos el alma por solo una décima parte de su talento. Espero tenga un viaje grato, chau don Mario.

Saturday, April 25, 2009

cuando él llama

Cuando él llama, te pones tensa al ver su nombre en la pantalla del teléfono; con movimientos rápidos y sordos, me pides silencios, y con un “¿si?” enmascarando tus nervios y tu vergüenza, descuelgas mientras te diriges a otra habitación, lo más lejos posible de la que tú y yo ocupábamos.

Cuando él llama, y tú te vas al otro extremo de la casa, y oigo tu voz por el pasillo repetir lo cansada que estás, me siento encoger, igual que cuando de niño jugaba al escondite y tenía la sensación de que en cualquier momento me iban a descubrir, y me quedo quieto, casi sin atreverme a respirar, sintiéndome encoger.

Cuando él llama, y yo voy encogiendo, tú, desde otra habitación, le cuentas que estabas a punto de irte a dormir, que estás muy cansada, y con palabras así le dices que no llame, y sobre todo, que no venga.

Cuando él llama, y tú te haces la somnolienta, me desenrosco un poco de entre las sábanas buscando donde ha quedado amontonada mi ropa, y doy las gracias porque vivas en un primero, imaginando una huida de película.

Cuando él llama, y yo me quedo quieto en tu cama repasando mi plan de fuga, y tú vuelves con paso triste de tus pies desnudos por el pasillo, y el teléfono ya colgado en la mano, te miro aparecer con el gesto serio, y te hago sitio en la cama, donde nos acurrucamos con una distancia entre ambos, y, sin moverme, espero a que cesen las lágrimas que empiezan a nacer en tus ojos; que en los míos apenas empiezan a secarse.

Sunday, March 22, 2009

papá

De pequeños, los ojos miran hacia arriba con curiosidad hacia aquello que no se puede alcanzar; y nada más inalcanzable, de pequeño, que la grandeza de ser padre. Porque papá es el más fuerte, y el más listo; porque papá siempre dice la verdad, y lo sabe todo, y no hay ninguna pregunta que no pueda contestar; porque papá cuida y protege, y de mayor uno siempre quiere ser como papá. De pequeños aún no sabemos que papá es un hombre, y que como tal, tiene mil responsabilidades doblándole la espalda, que se cansa, que sus fuerzas se agotan, que también hay cosas que el no sabe. Pero eso, antes o después, lo descubrimos, y papá ya no es tan increíble, y papá deja de ser papá, para ser “mi padre”. O, al menos, dicen que eso suele ser así.

Recuerdo a mi padre cuando éramos pequeños, llevándonos al colegio, o yéndonos a buscar con el tío Mariano, que hoy quedaría en casa a comer. Recuerdo que mi padre sabía mucho, pero nunca me pregunté si sabría todo, ni imaginaba que supiera tanto como ahora sé que sabe. Recuerdo a mi padre riendo, y me alegro de ver que así sigue. Recuerdo los cuentos que inventaba para que comiéramos la verdura, como me convencía bautizando a la merluza con mi nombre para que la comiera sin chistar y feliz.

Recuerdo que siempre me han dicho que me parezco mucho a él; tanto, incluso, que, de pequeño, algunas de sus tías me llamaban Javierín. Hoy pienso que ojalá me siga pareciendo tanto, aunque eso también asuma ciertos defectos, pero ninguno capaz de eclipsar todas las virtudes de mi
padre.


Recuerdo también que el baloncesto, al igual que mucha música, Baroja o muchas otras cosas, me empezaron a gustar porque las compartía con él. Recuerdo que no se dejaba ganar, o eso creíamos, cuando mi hermano y yo jugábamos contra él, y eso siempre he creído que era bueno, pues es una forma de educar, y mi padre es un magnífico profesor, o, mejor, maestro. Un grandísimo maestro, como lo fuera su abuelo.

No necesito recordar a mi padre enamorado hasta las trancas de mi madre, porque aún hoy, después de más de 30 años juntos, lo sigo viendo cada día. Y sigue cuidando de todos nosotros, y trabajando hasta tarde por las noches, y levantándose el primero para trabajar antes de ir a dar clases, que sigue siendo trabajo. Y al revés de lo que se supone, la admiración por mi padre, ha ido creciendo con los años, con los días incluso, haciéndome sentirme orgulloso de ser su hijo.
Sólo me angustia pensar si conseguiré que algún día él sienta ese orgullo por mi culpa. Eso, y que la genética robledeja no me deje decirle así, cara a cara, sin motivo alguno, porque no lo necesito, que le admiro.


(felicidades papá)

Saturday, March 07, 2009

arde (cuando ya no quede nada)

Al día siguiente, no podían cruzar palabra.

Ella se levantó, aún desnuda, y se encaminó a la ducha. Antes de cerrar la puerta del baño, miró hacia él, que se hacía el dormido entre las sábanas. Trancó la puerta, algo que nunca había hecho antes, y empezó a dejar que sus lágrimas se confundieran con el agua que ya empezaba a recorrer su piel.
Cuando ella se levantó, el continuó inmóvil, sin atreverse si quiera a abrir los ojos, fingiendo dormir, como llevaba haciendo toda la noche. Al oír el pasador del pestillo del baño, se atrevió a abrirlos, para dejar brotar lágrimas que empaparon la almohada.
Al salir del baño, le vio sentado en el borde de la cama, y se sentó en el otro extremo de espaldas a él, aún envuelta en la toalla, que no se atrevió a quitarse, hasta que el entró en el aseo.
Tras correr el cerrojo del baño, suspiró apoyado contra la puerta, intentando digerir las lágrimas que se había tragado en el camino de la cama al baño. Una vez en la ducha, el llanto volvió a anidar en sus ojos.
Ya vestidos, y sin olor ajeno en su piel, se disponían a abandonar aquella habitación de hotel en la que todo empezó, hace 8 años, encerrados en el silencio de saberse en medio de un adiós. En un último acto de orgullo, y quizá también de necesidad, el saltó sobre la cama, arrancando de entre las mantas las sábanas, y las metió en la bolsa de la lavandería.
Tras abandonar el hotel, y ya en el coche, la habló para pedirle que fueran a algún descampado, un lugar desierto. Ella, sin preguntar ni decir nada, arrancó y tomó la dirección hacia ninguna parte.
En medio de aquel parking de aquel polígono industrial, aquella mañana de domingo, colocaron las sábanas hechas un ovillo y las rociaron con lo que quedaba de absenta en la botella de anoche. Después, tiraron una cerilla, y vieron arder hasta la última ceniza aquellas sábanas. No querían que nadie se bañara en su deseo, que les robaran lo poco que tenían, y que habían decidido romper.
Al apagarse el fuego, ella subió al coche, y, tras un gesto de él con la mano, arrancó hacia la nada; lejos. Él comenzó a andar, buscando una salida que le llevara hasta la carretera de la estación, en busca de un tren que le llevara lejos.

Y, después, ya no quedó nada.

Sunday, January 04, 2009

caótico

Todos buscamos algo. Durante un tiempo, antes o después de jugar con gatos, cajas y veneno, Schrödinger buscaba a Dios en la trastienda de la cuántica, para, al final, decir algo así como lo que Ray Lóriga escribía en un periódico, que cada hombre busca un Dios dentro de sí mismo, y a ese sí que no hay quien lo cague encima. Otros, buscan el límite del universo, lo que viene a ser algo así como ponerle puertas al campo, y lo buscan en medio de un caos propio, en algún recoveco de la recursividad de un fractal, quizá buscando un universo paralelo donde encontrar la vida que soñaban, o un infinito, bien para no añorar el tiempo perdido, o para no ahogarse en espacios pequeños, o, simplemente, para ver que existe algo que no se acabe, y no es que seamos tan vagos como para que nos abrume pasarnos la vida contando.

Todo el mundo busca ese algo que, le pongan el disfraz que sea, no es más que una esperanza. Yo también la busco, pero quizá, porque no conozco nada tanto, me conformo con buscarla en una sonrisa, una mirada, un abrazo; en algo que nace de mí, y por eso puedo llamar mío; en los míos.

Friday, December 12, 2008

fotógrafo

Rehuyes la realidad. Mientes, no por malicia, sino porque amas la belleza y sabes que solo se debe decir la verdad si la verdad es más hermosa que la mentira.
¡Eso ocurre tan raramente!

Anónimo


Sin saberlo, y a pesar de tu rechazo por lo superficial, te has pasado la vida detrás de un objetivo, buscando la belleza. Y ahora te angustia la culpa de tanta mentira; por eso, evitas mirar atrás, a pesar de no entender la realidad que ahora te rodea.

Tus fotos no están desenfocadas, son tus ojos vidriosos los que distorsionan tu mirada, pero prefieres seguir deformando las cosas, buscando tu propia, y tan amada, belleza, antes que llorar, pues si lloras no vas a poder parar, y temes tanto desarmarte como deshacerte o desaparecer.