Sunday, February 19, 2012

hoy la vi

Aún recuerda aquellos días.

Aunque han pasado más de 10 años desde entonces, aunque haga más de 5 de la última vez que se vieron, y aunque aquella vez sólo fueran 15 minutos de reproche y un beso fugaz de despedida que los llevó a salir corriendo, cada uno a un lugar distinto.

Recuerda los besos clandestinos en el portal después de clase.

Recuerda las tardes grabando cintas, seleccionando canciones.

Recuerda las horas escribiendo aquella novela con ella de protagonista.

Recuerda gritar bajo la lluvia, sentir e interpretar el drama.

La recuerda como excusa, porque no quiere aceptar que lo que añora, que lo que recuerda, era como era él entonces, cuando estaba dispuesto a comerse el mundo, cuando tenía ambiciones y sueños y el futuro nunca iba más allá del próximo fin de semana.

La recuerda porque se encontraron esta mañana en el supermercado.

La recuerda porque añora su adolescencia; porque no ha sido lo que quería ser cuando tenía 16 años.
Aunque ahora es mejor… de vez en cuando, le cuesta no recordar.

(Y ahora mira con desgana el manuscrito que terminó entonces, cuando todo se rompió; sus hojas amarillentas, sus tardes escribiendo en el ordenador viejo, la pantalla azul, las letras grises… y se entristece al pensar que después de aquello, nunca más pudo terminar lo que empezó).

Wednesday, December 14, 2011

se ruega silencio

Estiraba con cuidado la cara adhesiva sobre la pegatina que acababa de poner, con los datos y el código de barras. Procuraba no dejarse llevar por la inercia, e intentaba no hacerlo de forma mecánica, sino con cuidado, procurando que ni una sola arruga o alguna posible burbuja se formase entre el adhesivo y la superficie plástica.

El trabajo de bibliotecario era cómodo, pero también aburrido y desapasionado. Siempre quiso estar rodeado de libros; aunque ahora añoraba la época en la que ir a aquel edificio de ladrillos sucios y perderse entre estanterías era un placer, cuando aún se perdía al no conocerlos y no empujaba un carrito.

Temía que su carácter se fuera secando, como parecía que les había ido pasando a los más veteranos, y poco a poco convertirse en un ser silencioso, gris, de hombros cargados y cuello achatado ante una pantalla de ordenador. Acabar siendo pistolera de luz roja sobre códigos de barras.

Se sentía rodeado de experiencias ajenas, de personas con las que podía tratar sin cruzar apenas más de dos o cuatro palabras, de sueños y experiencias atrapadas entre rústica, con o sin solapas, y cartoné. De gente que, si bien, no vivía grandes aventuras, soñaba con hacerlo y lo compartía.

Terminó de plastificar aquel carné y estirando el brazo se lo dio a su nueva portadora.

-Aquí tiene; puede sacar 3 libros durante 30 días y 3 audiovisuales durante 3 días en cualquiera de las bibliotecas que indica el folleto.

Monday, October 31, 2011

20 años

Retocaba con mimo la suave máscara de maquillaje que se había puesto, buscando
ser “natural”, pero, naturalmente, tapando esas pequeñas manchitas y aquellas dichosas pecas
que hace 30 años tenían gracia, pero que ya hacía tiempo que ella no se la veía.

Se colocaba con cierta dificultad, aguantando la respiración y pensando en el incómodo roce
de sus muslos, aquel vestido capaz de disimular los efectos de las horas atornillada a la silla de
la oficina y de la gravedad.

Ensayaba su sonrisa ante el espejo, deseando que recuperase la luz que tenía a los 25. Por
un momento creyó ver de nuevo ese brillo, y estuvo a punto de asegurar que, como decía el
tango, 20 años no son nada. 20 años. Exactamente la diferencia de edad que había entre ellos.
20 años, no son (casi) nada.

“Podría ser su madre”, se dijo alejando la mirada del espejo. Pero no lo era. Era madre de una
niña de 12 años que estaba en un campamento de verano desde hacía una semana. Pero no
era la madre de él. Aunque pudiera serlo. Aunque, como él le dijo en aquella terraza ante un
par de cañas, “Lo importante es lo que somos, más que lo que podríamos ser. Y, por suerte
para ambos, no eres mi madre”.

Se sentía ilusionada y un poco culpable. Una culpabilidad sin sentido. “Somos dos adultos
saliendo un sábado a cenar, ¿dónde está el fallo?”. Ella estaba divorciada desde hacía años y
el soltero y sin pareja. Sólo la incomodaban las miradas de los demás. Quizá por eso habría
preferido una cena en casa, algo íntimo. “Total, acabaremos aquí de todos modos”. Y dentro
de ella oía que su deseo ponía un emocionante y excitado “Al fin” donde sus labios decían un
desganado “Total”.

Dio un respingo al oír el portero automático, y casi estuvo a punto de dar otro al oír su voz
pronunciando su nombre. “Ya bajo”.

En el portal los ojos de él se abrieron con ese brillo de 25 años mientras decía con la sonrisa
ancha y sincera “estás espectacular”. Sólo por esa frase, y porque quería vencer la vergüenza,
se permitió besarle en los labios, allí mismo, delante de la puerta de su casa.

La cena transcurrió agradable, incluso, por momentos, conseguía olvidarse de los demás; sólo
estaban ellos y, esa noche, sólo importaban ellos.

Después de una copa, con más aire de trámite que de ganas de tomar algo en aquel pub a
medio llenar, se dirigieron a su casa. “Al fin”.

Se vio tentada, tras la ola de besos y caricias que fueron regalándose desde el ascensor
hasta el dormitorio, de pedirle que apagase la luz. Pero era su noche. Pero sentía vergüenza.
Y miedo. Miedo de que la viera tal y como era, sin ese vestido que disimulaba los pechos
empezando a caer, las caderas abiertas por dos embarazos y un parto; sin sus artimañas para
esconder las estrías y los lunares grandes y oscuros que le recordaban que debería ir a que el
dermatólogo les echase un vistazo.

Pero el deseo la nubló y se dejó nublar. Decidió no pensar, o simplemente, prefirió dejar de
decidir y también de pensar, y se dejó llevar por sus caricias y sus besos y sus labios y su lengua

y su sexo. Y se olvidó de la gravedad, de las estrías y de todo lo demás.

Despertó al día siguiente con la cabeza sobre su hombro, con piel desnuda pegada a la de él,
con una sonrisa que brillaba como la de una muchacha enamorada de 25 años.

Monday, October 24, 2011

Trenes


Sigo pensando que el tren tiene algo mágico. Quizá ya no tanto en sus interiores, cada vez más parecidos a los aviones, donde ya no escribo en mi cuaderno sobre mis rodillas, sino en un portátil sobre la repisa del asiento de delante. Pero los trenes siguen teniendo magia, no sólo que sea rápido, ecológico, a veces puntual (más puntual cuanto más pagas), sino que en ellos hay algo que despierta algún recuerdo que no sé definir.
Quizá la culpa sea de la literatura o del cine. ¿Alguien se emocionaría con extraños en un autobús? O quizá sea que el autobús nos recuerda al colegio, y eso no es especialmente agradable siempre, de hecho, casi nunca lo es. O nos recuerden a las excursiones, que no siempre eran tan agradables como a veces nos gusta recordar. Aún así, hay quien prefiere el autobús; tú por ejemplo. Pero yo no. No sólo porque me asusten los autobuses, porque odie el tráfico, porque me parezcan poco estables, o porque me maree en un coche incluso para ir a ver a mis abuelos a menos de 40 minutos andando de mi casa.
Quizá sea el traqueteo, ese leve balanceo, o a veces, no tan leve. O los andenes. O el verle marchar sobre unas vías claras, sin nadie más que él, sin coches que lo adelanten. O porque me recuerda a las películas del oeste, y pensar y saber que a aquella ciudad la cambió que llegara el tren, aunque un tren nunca cambiaría a John Wayne.
O quizá no necesite darle tantas vueltas, buscar tres pies al gato, si no está cojo, tiene cuatro, y eso es bastante obvio. Quizá simplemente debería decir que me gusta viajar en tren. Pero me gusta tan poco usar la palabra debería...
Ahora, que todos los meses viajaré en tren, que me perderé en trenes subterráneos en los que ir de pie y con prisas, me pregunto, si me seguirá gustando el tren.

Monday, October 03, 2011

23:32

Sentir los párpados caer poco a poco, haciendo temblar la luz de la lámpara de pie. La cabeza pesa más de lo que el cuello quiere o puede sujetar, y se va ligeramente hacia atrás. Sobre mis muslos, el calor de tus piernas estiradas, continuación de tu cuerpo tendido, tapada con la manta a cuadros, y los ojos cerrados, respirando tranquila; plácida.

La luz que tintinea en mi entreabrir de ojos, de fondo se oye la tele, aunque nadie la ve. El ruido del agua que pasa por el filtro del acuario, los restos de la cena (platos, cubiertos, algo de pan y vasos de agua sin apurar) en la mesa, esperando a que alguien repare en ellos.

-Despierta, vamos… es tarde y mañana hay que madrugar… vamos a la cama…
-Solo un poco más, que quiero saber cómo termina la película

Saturday, August 13, 2011

pivotando

Cada día, a pesar de ser verano, del calor, de que aquella ciudad estuviera quieta y vacía, seguía madrugando. Desayunaba ojeando el periódico, rotulador verde en mano y destapado, con la esperanza de encontrar entre viviendas y putas algún trabajo que no fuera de comercial.

Cansado, bajaba a la calle, aunque ya no llevase las muletas desde hacía años, nada había cambiado desde entonces. Y con pasos lentos se acercaba al pabellón, y se sentaba en la parte alta de las gradas, aunque ya casi nadie de los que corrían y entrenaban allí abajo le conocieran ni tan siquiera de oídas.

"Hay un par de chavales que no lo hacen mal"
"Si fueras el jugador que te crees no estarías aquí"
"Es atlético y muy fuerte, pero como no mejore el bote"
"Bueno, a lo mejor este año sí conseguimos luchar por subir"

-Disculpa, ¿tú no eres el que falló aquellos tiros libres? Que pena, porque aquel año...

Monday, May 09, 2011

un día en la tierra

Me gusta mirar la punta de mis pies cuando me siento en la vieja vía. Me gusta recordar que un día brillaban, antes de que el polvo lo cubriera todo y me quedara aquí, casi solo.

Me gusta recorrer los escombros, abrir mis puertas, y abrazar aquello que ya nadie quiere. Aunque, luego, sólo sea un cubo apretado; un cubo como tantos otros que le harán compañía, que irán levantando paredes y trincheras para impedir que la nada me alcance.

Me gusta mirar el cielo y pensar que volveré a verla. Tan grávida, bajando directa hacia mí, con sus formas redondeadas; sus ojos verdes...

Me gusta escuchar viejas canciones de películas antiguas mientras recuerdo las puestas de sol cogidos de la mano, o como bailábamos por el espacio, dibujando serpentinas de espuma.

Me gusta pensar en Eva; porque sé que, al final del cuento, crecerá una planta que será árbol, y estaremos juntos.

(y todo comenzó con una bota...)