viernes, agosto 22, 2008

maldita primera vez

Teníamos 16 años, muchos miedos y complejos que esconder, toda la arrogancia que habíamos podido amasar en los fines de semana previos a aquel verano, y toda nuestra vergüenza preparada para perderla en tu cuarto las tardes de esa semana de verano que tus padres pasaban en Calpe.

Nos quitábamos la ropa a plena luz del día, con la persiana a medias y las manos temblorosas, al ritmo de “We are the pigs” para sentirnos inmunes a nuestros reproches, para olvidarnos de mi barriga prematura, de tus muslos flácidos, del tamaño de tus pechos y mi pene, con complejos callados de demasiado grandes y demasiado pequeño; porque cuando caía la ropa solo importaba tu opinión de ti, pues de nada servía intentar explicarte que adoraba tus muslos o me obsesionaban tus pechos, y mi opinión de mí, pues nunca creí cuando decías que te gustaba mi torso o que estaba muy bien y para que más.

Dos semanas después nos enterramos entre reproches. La siguiente, no nos hablábamos.

10 años después, seguimos recordándonos.

viernes, agosto 01, 2008

cuenta atrás

Notó la sangre rodeando los bordes de sus párpados; un golpe directo, seco y preciso en el borde de su ceja hinchada y un nuevo corte. Extenuado, sin apenas aire, rodeó a su contrincante con los abrazos. Sólo deseaba que sonara la campana.


Aturdido, apenas entendía las palabras que se dirigían a él. Sólo quería que le cerraran aquel corte, quitarse la sangre reseca que cerraba aún más su párpado hinchado, escupir de nuevo el agua y la sangre, y recuperar, sino su gloria, su orgullo; ese orgullo que se había quedado pegado en los guantes de aquel jovencito arrogante que lo miraba con el desprecio que sólo quien te admiró puede alcanzar a sentir.


Sonó la campana y salió haciendo de su rabia y sus fuerzas de flaqueza su único impulso. Lanzó varios golpes imprecisos al aire y un mediocre y simple uppercut de izquierda valió para lanzarle a la lona. Apenas oía la cuenta atrás entre el griterío, solo sentía que su cuerpo no respondía, que de su ceja volvía a salir sangre, la misma sangre que brotaba entre sus labios y empapaba la lona. Un momento antes de desvanecerse se fijo en aquel rincón desierto del cuadrilátero, y, justo antes de perder el conocimiento, se dio cuenta de que era el suyo, y que, ya, no le quedaba nada.