Me querías como nadie lo había hecho, aunque fuera desde la distancia, y como nadie me llegaría nunca a querer. Quisiste regalarme el más bello de los recuerdos, una sola noche, una pequeña tregua para los dos, un regalo que la vida nos debía y todas esas cosas que decías con tu palabrería. Me hiciste sentir el deseo y la ternura como nunca antes, me hiciste sentir cada milímetro de mi piel como si fuera el más valioso y deseado de los tesoros. Pero no sabías que, tras tus caricias, tus atenciones, que ese recuerdo eterno y perfecto, que ese amor sin igual implicaba que me pasaría la vida echándote de menos.
Y ahora no sé qué hacer con tanta pena.
domingo, octubre 18, 2009
jueves, octubre 01, 2009
...y quería ser francés
Recuerdo que te esperaba en el banco de la plaza de detrás de tu casa. Recuerdo que era diciembre, y hacía frío, y que había niebla, una niebla que envolvía todo de un color violáceo que se anaranjaba en los halos de luz de las farolas. Y yo te esperaba, vestido con mis vaqueros desgastados, mis viejas zapatillas, la cazadora de cuero de mi abuelo que tanto me gustaba, aunque pasara algo de frío, ojeando un libro de relatos de Camus y escuchando la cinta que Luismi me grabó de los Automatics en el walkman.
Recuerdo que yo siempre llegaba pronto para sentarme a leer un rato mientras escuchaba algo de música, con la vieja bandolera de pana de mi padre sobre las rodillas, perdiendo de vez en cuando la vista, antes de hacer una anotación al margen con aquel lápiz diminuto que aún guardo en mi viejo estuche del colegio.
Recuerdo que teníamos 16 años, que tú querías perderte por las noches entre bares de moda y discotecas, y que a mí solo me atraía ir a algún concierto que otro, aquellos a los que iba con mi hermano. También recuerdo que no te gustaba leer y que los Automatics te levantaban dolor de cabeza. Y también, que me aburrían las historias de tus amigas y sus novios, y que odiaba todas esas canciones de los 40 que tanto tarareabas.
Y, aún así, estábamos juntos. Porque tú pensabas que yo era una especie de rebelde sin causa, con cazadora de cuero y vaqueros desgastados, una suerte de James Dean de 16 años y clase media, aunque tú apenas sabías quien era James Dean, y siempre me decías que te recordaba a Leo DiCaprio en “Diario de un rebelde”, y eso no me gustaba, o que me decías que con el pelo así me parecía a Mark Owen, y eso sí que me disgustaba. Y yo estaba contigo porque tu prima me había dicho que contigo lo tendría fácil, el mismo día que me rechazó; y porque me cansé de esperar a que Vero se decidiera si quería o no algo conmigo; y porque tenías unas tetas increíbles para tener solo 16, y porque sonreías mucho y me escuchabas como si todo lo que dijera fue importante.
Y, ahora, me doy cuenta de que fuimos espejismos el uno para el otro, que aún así, reímos mucho juntos, y perdimos miedos y vergüenzas, y quizá algún que otro complejo. Y que ya no tengo tiempo como entonces, para escribir cartas de amor o para sentarme a esperar ojeando un libro en un banco, aunque solo fuera por hacerme el interesante para ti.
Recuerdo que yo siempre llegaba pronto para sentarme a leer un rato mientras escuchaba algo de música, con la vieja bandolera de pana de mi padre sobre las rodillas, perdiendo de vez en cuando la vista, antes de hacer una anotación al margen con aquel lápiz diminuto que aún guardo en mi viejo estuche del colegio.
Recuerdo que teníamos 16 años, que tú querías perderte por las noches entre bares de moda y discotecas, y que a mí solo me atraía ir a algún concierto que otro, aquellos a los que iba con mi hermano. También recuerdo que no te gustaba leer y que los Automatics te levantaban dolor de cabeza. Y también, que me aburrían las historias de tus amigas y sus novios, y que odiaba todas esas canciones de los 40 que tanto tarareabas.
Y, aún así, estábamos juntos. Porque tú pensabas que yo era una especie de rebelde sin causa, con cazadora de cuero y vaqueros desgastados, una suerte de James Dean de 16 años y clase media, aunque tú apenas sabías quien era James Dean, y siempre me decías que te recordaba a Leo DiCaprio en “Diario de un rebelde”, y eso no me gustaba, o que me decías que con el pelo así me parecía a Mark Owen, y eso sí que me disgustaba. Y yo estaba contigo porque tu prima me había dicho que contigo lo tendría fácil, el mismo día que me rechazó; y porque me cansé de esperar a que Vero se decidiera si quería o no algo conmigo; y porque tenías unas tetas increíbles para tener solo 16, y porque sonreías mucho y me escuchabas como si todo lo que dijera fue importante.
Y, ahora, me doy cuenta de que fuimos espejismos el uno para el otro, que aún así, reímos mucho juntos, y perdimos miedos y vergüenzas, y quizá algún que otro complejo. Y que ya no tengo tiempo como entonces, para escribir cartas de amor o para sentarme a esperar ojeando un libro en un banco, aunque solo fuera por hacerme el interesante para ti.
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