Estaba acodado en la barra de aquel bar; la misma barra donde yo acababa de posar mi bolígrafo sobre mi cerrado y adormitado cuaderno. Justo fue ahí donde él perdió un segundo su mirada para después preguntarme si era un diario, eran apuntes o un cuaderno de cuentas. Yo, algo azorado, le contesté que simplemente contenía ideas, textos o relatos, esas cosas que se me pasan por la cabeza. Se acercó un poco más, preguntándome si era escritor entonces, yo sólo acerté a decirle, que era una distracción. Me corrigió. “Es un vicio”. Acto seguido, se giró al camarero y le pidió otro vino, al cual le acompañé. Hablamos, bueno, más bien habló, acerca de escribir, de la vida, de los amargos sabores que destilan las mejores líneas. Yo mientras le escuchaba atento, estudiando su rostro ajado, más por los excesos y el vino, que por los años. Por un segundo, creo que estuvo a punto de empezar a hablar de sí mismo, antes de volver a su taburete para desplomarse sobre la barra, advirtiéndome de que escribir me podrías arruinar, y que era demasiado tarde para seguir en aquella barra.
Salí de allí desconcertado, e intentando asociar ese rostro a otro que rondaba mi cabeza, y me era familiar. Una semana más tarde, al abrir el periódico, me encontré aquel rostro ajado en la sección de cultura, junto a un titular que rezaba “Muere es Astorga Michi Panero, uno de los hijos del desencanto”.
(me ausiento por unos días a olvidarme, al norte del norte; cuidaros mucho, y hasta pronto)