jueves, diciembre 14, 2006

la esquina de la mesa

ahí, quedaron olvidados todos sus sueños de joven inventor, todos sus intentos con piezas de mecano, todas sus ilusiones de hacer algo nuevo, grande, sorprendente...

hoy solo es el aparejador de un ayuntamiento cualquiera, y únicamente se dedica a revisar las travesuras de otros, esas que, por miedo a la mediocridad, nunca se atrevió a hacer...

lunes, diciembre 04, 2006

paula y ramón (el pez)

Paula se sentía muy orgullosa de que Ramón ya llevara algo más de un año con ella, y no era para menos, especialmente si tenemos en cuenta que Ramón era un carpín, uno de esos pececitos naranjas que viven en peceras, con piedrecitas de colores en el fondo y agua del grifo, y comen esa especie de escamas secas que vienen dentro de algo parecido a un salero.

Paula cuidaba muy bien de Ramón. Todos los días le daba de comer, y le cambiaba el agua. Se pasaba horas mirándolo nadar mientras le contaba sus secretos. Y, en tanto tiempo, pues un año es mucho tiempo a los nueve, eran ya muchos los secretos que compartían.

Quizá por eso lo hizo. Cuando su tía Marta le dijo que los peces, “sí, Paulita, Ramón también”, se olvidaban de todo a los dos segundos, Paula se sintió traicionada. Por eso destrozó contra el suelo la pecera, quedando Ramón coleteando entre agua y cristales. Al verle agonizar, Paula, arrepentida, lo tomó en sus manos, y corriendo, lo llevó a la cocina, donde improvisó una pecera con la ensaladera de cristal de mamá.

Ramón sobrevivió, y, quizá, incluso, se olvido de todo aquello, al igual que Paula creía que había olvidado sus secretos. Pero, a pesar de ello, y de que su pecera era ahora más grande y bonita, y sus piedrecitas de colores más lindos, y su comida la más cara, Ramón no ha vuelto a ser el mismo, nada apenas sin ganas, y apenas come.

Ayer, Paula vio en la tele un documental sobre peces, y prestó muchísima atención, pues, quizá, dijeran algo para que Ramón pudiera volver a ser el de antes, pues Paula le quería, y añoraba al Ramón de siempre. En ese momento, mientras varios salmones saltaban río arriba, la voz en off dijo en su tono aséptico, que aquellos peces estaban volviendo al lugar donde nacieron. Paula comprendió al instante, y salió corriendo para su cuarto, donde, delante de la pecera, con lágrimas en los ojos y su sinceridad de nueve años, dijo: “lo siento, Ramón, lo siento muchísimo”.

Esta mañana, Ramón nadaba con renovado brío, y engullía toda la comida que Paula le echaba mientras le contaba, en secreto, el sueño tan lindo de aquella noche.