viernes, agosto 25, 2006

Diana

Diana es mi mejor amiga desde los tres años, cuando nos conocimos en la guardería. Diana cumplió 16 años el 24 de Abril, igual que yo. Diana es pelirroja y tiene los ojos grises; yo soy zurdo y tengo la mirada amarilla, o eso dice Diana.

Diana vive a tres calles de la mía, en un ático. A mí me gusta ir a su casa, porque vivo en un primero y desde allí no puedo tocar las nubes. Diana ha tocado las estrellas muchas noches, y, por eso, tiene cicatrices en las yemas de los dedos.

Diana sonríe poco, pero sus sonrisas siempre son sinceras; las mías, en cambio, son nerviosas y de ocasión.

Diana es hija única de madre soltera; yo tengo cuatro hermanos mayores y siempre hay alguien en casa. La madre de Diana trabaja doce horas diarias, por eso Diana sabe cocinar, y se acuesta tarde. Diana odia estar sola; a mí me encanta pasear solo cuando vuelvo a casa a la hora de cenar, después de pasarme las tardes en su casa.

Diana siempre hacía mis cuentas en el colegio; yo, sus redacciones. Diana odia que la toquen, pero siempre guarda un abrazo para mí, para cuando estamos solos en su casa viendo pelis de miedo, y nadie nos ve.

Diana tiene cáncer con metástasis avanzada, y morirá pronto. Yo cambiaría todo porque no fuera así, pero no puedo cambiar nada, nadie puede.

Ayer vi llorar a Diana por primera vez, cuando la dije que la quería. A Diana nadie le había dicho te quiero salvo su madre; a mí mi madre nunca me ha dicho que me quiere, porque tiene 64 años y le enseñaron que el cariño hace a los débiles.

Diana se va a ir pronto, y ya no podremos acariciar nubes, ni me enseñará a tocar las estrellas; suspenderé matemáticas y ya nadie tendrá un abrazo guardado para mí. Pero eso no importa; Diana no tendrá nada, ni tan siquiera ideas, recuerdos o sentimientos, porque los muertos no sienten, no tienen nada, no son nada.

Yo, me pasaré la vida echándola de menos.

viernes, agosto 18, 2006

mal de muchos

Paseaba sin rumbo y sin ganas por las calles del viejo barrio, que, una vez más, como cada año, el calor del verano las dejaba medio vacías. Como ya he dicho, paseaba sin destino, con la única intención, tal vez inconsciente, de reencontrarme entre las calles donde años atrás los veranos eran míos.

No sé muy bien como, ni por qué, acabé parado frente al escaparate de aquella farmacia, examinándolo con cierta curiosidad, hasta que mi mirada se encontró con un expositor de lágrimas envasadas. Fue entonces cuando me pregunté cuanto valdría mi llanto, ese que me ha acompañado tantas noches, y si la tristeza y su calidad irían relacionadas.

Recordé entonces aquel relato sobre un futuro en el que las lágrimas eran la droga que hacía sonreír, pues siempre es agradable sentir que otros están mal, incluso peor que nosotros, pero… eso no explica porque lloro ante los telediarios…

lunes, agosto 07, 2006

ultimo asalto

Miraba sus manos vendadas por penúltima vez. Sabía que la última sería después de quitarse los guantes aquella noche. Su última noche. Su último combate.

Miraba sus manos vendadas como si fueran las de un extraño. Sentado en el banco de madera de aquel vestuario de un sencillo polideportivo de barrio, recordaba que estuvo a punto de ser grande. No como Urtain,, Carrasco o Legrá, pero sí para llenar pabellones, y ser el campeón de años un par de años consecutivos en Welter, pero al final, siempre algo salió mal.

Miraba sus manos vendadas recordando en ellas cada momento de gloria. Y sintió cierta pena al verse ahora allí, aceptando aquel combate contra un niñato que quería lanzar su carrera tumbando a lo más parecido a un nombre que su manager fue capaz de encontrar. Pero había decidido que ese sería su último combate, y no estaba dispuesto a perderlo. Sabía de sobra el tipo de boxeador al que se iba a enfrentar. Joven, explosivo y arrogante. Ansioso de tumbarle en un KO rápido. Pero él sabía de sobra lo que tenía que hacer. Después de todo, en el boxeo, como en la vida, esos golpes de suerte no son frecuentes. Después de todo, en el boxeo, como en la vida, ganas si sabes aguantar y nunca, nunca bajas la guardia.

Mirando sus manos vendadas, diseñaba su estrategia. Siempre se cubrió bien, y su uppercut era lo bastante bueno como para desgastar a cualquiera. Dejar que se canse, y que le venza la ansiedad. Que los nervios le dominen y baje la guardia. Hacerle bailar, y desgastarle con golpes cortos, para tumbarlo en el último asalto con un gancho; ese que Marcos, el tipo que siempre te viene bien tener al lado por su habilidad para cerrar heridas, tanto en el ring, como fuera de él, comparaba con el de Sugar Ray. Era su último combate y pensaba despedirse a lo grande. Siguiendo los paso de Alí cuando tumbó a Foreman en el mejor combate de todos los tiempos. “Revolotear como una mariposa, para luego morder como una serpiente”.

Levantó la vista de sus manos vendadas, y se colocó los guantes con la ayuda de Marcos. Con sus manos enfundadas entre las de su amigo, le miró a los ojos:

-¿Crees qué…?
-Sí, ganarás. Te lo mereces, y te lo debes.
-¿Porque es mi despedida?
-y porque es tu cumpleaños…Felicidades, campeón.

Con media sonrisa, y un brillo especial en los ojos, encaró el pasillo. Hoy sería su adiós. Su último combate, y su última victoria.

(felicidades, pablo)