sábado, marzo 24, 2007

mala y tonta

Acudía a tus brazos cada vez que sentía la soledad demasiado abajo, cuando ni tan siquiera al acariciarse podía sentirla bajo la piel. Era entonces cuando se plantaba en la puerta de tu casa como por casualidad, con cualquier excusa, y entonces tú, le invitabas a entrar.

Reconócelo, te engañabas. “Si vuelve es porque me quiere, y yo….yo le quiero”, te decías una y otra vez mientras te peinabas justo antes de abrirle. Y así, con una estúpida excusa, te engañabas, y dejabas que te usara. Ignorabas, o querías ignorar, porque los dos sabemos que en el fondo lo sabías, que la necesidad y el deseo hacen extraños compañeros de cama. Así que le abrías la puerta de tu casa, y le veías ahí parado, con toda su hipocresía acumulada en su falsa sonrisa, esperando que le invitaras a pasar a un territorio que ya consideraba suyo de antemano. Y era entonces cuando tú, tonta de ti, le invitabas a pasar.

“El cazador, cazado”, te decías, haciéndote creer a ti misma que eras una mujer fatal, sin darte cuenta, que la única fatalidad que producías era sólo y exclusivamente para ti. Creías jugar con él, metida en tu piel de gata, y te dejabas atrapar y usar por un mísero ratón. Se burlaba de ti. Y lo que es aún peor, tú te reías al hacerlo, humillándote.

Luego, cuando se iba, cuando marchaba con media sonrisa, tú quedabas rota y desnuda entre las sábanas, rompiendo a llorar, y maldiciendo tu supuesta inocencia, esa con la que disfrazabas tu estupidez, lamentándote de ser víctima y culpable.

jueves, marzo 15, 2007

hoy

hoy apenas tengo palabras.

hoy he desaparecido un poco.

hoy tengo frío y obligaciones.

hoy necesito estar a solas conmigo.

hoy no pisaré la calle porque la gente me asusta, porque no sé si son de verdad.

hoy me invitaré a un té y me escucharé hablar de tí con fascinación.

hoy quiero ver cuanto te quiero, quiero confesarme, desmitificarte y, entonces, poder echarte de nuevo de menos.

hoy dormiré hasta despertar siendo otra persona.

hoy, que no te buscaré entre la lluvia ni mis recuerdos.

hoy volveré a sentirme solo y encerrado.

hoy asumiré que (te) he perdido.

miércoles, marzo 07, 2007

felices 16

Temblaba. Igual que lo hacían sus manos nerviosas entre las de Silvia. Silvia, que siempre, y a pesar de todas sus diferencias, estaba ahí. A pesar de haberse peleado tanto, de todos sus últimos malos momentos, o quizá a causa de ellos, estaba allí. Silvia, que ya había pasado por eso.

Por un momento dio gracias de estar ellas dos solas en aquella sala de espera. Se sentía romper por dentro, de pura vergüenza. Se sentía rota. Y, peor aún, se sentía sucia. Se daba asco.

Nunca pensó que algo así la pudiese ocurrir a ella. Despertarse semiinconsciente en un parque desierto, en pleno amanecer del día de su 16 cumpleaños, sin zapatos, sin dignidad, sin bragas y sin un solo recuerdo de que había pasado. Sólo la sensación de querer que la tierra la tragase, y de no haberlo perdido todo cuando Silvia y Edu la encontraron, la taparon con la cazadora de Edu, y la llevaron a casa de Silvia. Eso, y la inmensa sensación de culpa en su incómodo silencio, y en las mal disimuladas lágrimas de Edu.

Silvia la tomó de la cintura cuando la llamaron, y, abrazada a ella, la acompañó; un par de preguntas; nombre, edad, y poco más; sin apellidos ni dirección. Le dieron un predictor y le hicieron pasar a un aseo anexo, con la única invitación de “no es del todo fiable, pero hemos de hacerlo”. Mientras llevaba acabo el test, oía a la doctora, o la enfermera o lo que fuese, al otro lado de la puerta, decirle a Silvia, “nunca entenderé vuestra prisa por crecer…”

Sin atreverse a mirar el resultado, salió y se lo entregó. Indicaba calma, pero, aún así, debía tomar la píldora. Se la entregaron y, allí mismo, decidió tomarla, guardando la caja y el prospecto en el bolso. Al tragar, notó como aún seguía desde esa mañana ese maldito nudo en su garganta.

Nada más salir de planificación, tiró la caja y el prospecto. Quizá no era prudente, pero sí más que lo pudieran encontrar sus padres.

Ya en el bus, camino a casa, empezó a notar sus lágrimas deslizar por sus mejillas. Silvia volvió a tomar su mano, una vez más aquella mañana, mientras ella notaba que, a sus 16 recién cumplidos, su infancia se escapaba en cada lágrima, y q nunca más podría recuperarla. Que nunca más volvería a ser una niña.