martes, febrero 27, 2007

carencias

Nunca me he enamorado. Al menos, de alguien que tuviera cerca o pudiera alcanzar. Ya sé que eso te incluye, bueno, y a alguna más, y que pensarás que estoy mintiendo, o que te he mentido; pero que no me haya enamorado no quiere decir que no haya querido, y, a pesar de haber querido, nunca me he enamorado.

No lo digo como un orgullo, pero tampoco es un lamento o una queja. Simplemente, es así. Una realidad. Mi realidad. Nunca me prendí de nadie como para seguirle a todas partes escondiéndome para que no viera, o para recordar un pequeño detalle como motivo de alguna de mis mayores alegrías. Nunca dibujé corazones ni escribí nombres en los márgenes del cuaderno de matemáticas. Nunca suspiré al verle pasar, ni me hice el encontradizo cerca de su casa. Si me he sonrojado alguna vez cuando encontró mi mirada, ha sido por culpa de mi inmensa vergüenza, y no por otra cosa. Nunca he pasado más de dos días pensando sólo en una persona concreta, y, aún así, ha pesar de no haberme enamorado nunca, hace mucho tiempo que te echo a faltar.

sábado, febrero 24, 2007

7 años

No llegaba a entender del todo tu llamada. Hacía siete años que no sabía nada de ti. Siete años sin tener noticias tuyas. Siete años que te levantaste temprano y, sin explicaciones ni ruido, te fuiste, dejándome dormido y solo. Siete años, en definitiva, desde que me rompiste por última vez; desde que huiste.

Llegabas con paso acelerado, con una sonrisa amplia, aunque nerviosa. Eras todo cortesía. Creo que, en realidad, te alegrabas de verme tanto como aparentabas; y eso, después de todo, me hizo sonreír.

Entramos en aquel café, y, al calor de un té rojo y un cortado, me contaste que había sido de ti durante aquellos siete años, que, al agotarlos en tu imparable charla, recordaste el tiempo que compartimos, eso sí, pasando por alto tu marcha, tu adiós; en resumen, mis dudas.

Hablabas rápido, gesticulando mucho; si no fuera por lo mucho que ahora fumabas, hubiera jurado que no habías cambiado, pues, después de todo, en tu mirada se seguía viendo que ninguno de los muñecos que rompiste en estos siete años, y antes, habían borrado la soledad que la empañaba. Me daba cuenta que seguías siendo la misma de entonces; aquella de la que, entonces, me enamoré. Esa que, hoy, ahora, ya sólo significaba un recuerdo.

Contestaba a tus frases rápidas con media sonrisa y afirmaciones. Aún así, ni te despreciaba, ni te trataba de loca, ni mucho menos, de tonta. En uno de esos momentos me recordaste el día que, al volver del trabajo, te encontré apoyada en la puerta de la habitación, con dos espumaderas cubriendo tus pechos, un folio improvisado un sombrero de chef como único atuendo, y un “hoy voy a cocinarte antes de devorarte” como saludo, antes de abalanzarte sobre mí. Al recordarlo, una risa cálida me invadió, como si tus palabras despertaran viejas cosquillas, y, al verme reír, tomaste mi mano, y, un poco temblorosa en tus dedos y tu voz, me dijiste “ríete, ríete todo lo que puedas. Ríete de mí si quieres, pero por favor, no me ignores. Sabes que nunca soporté la indiferencia”.

Tus dedos fríos, tus palabras sinceras y duras, y tu mirada brillante atravesándome me hicieron saber que habías bailado demasiado, bebido demasiado, besado demasiado, llorado demasiado. En fin, que te habías cansado del juego.

Al despedirnos a la puerta de aquel café con un abrazo y un hasta pronto, sentí, que, por un momento, podría haberte llamado amiga, y que tendrías que pasar al menos otros siete años para volver a vernos.

lunes, febrero 12, 2007

reiniciar

Aquel día, con la cuchilla junto al lavabo, al verme delante del espejo, me miré a los ojos; e imaginé una vida sin mí. Sé que suena egoísta, pero hice una lista de las personas que me llorarían y otra de las que, lo hicieran o no, me añorarían y me seguirían queriendo. Me di cuenta, en ese instante, del daño que estaba a punto de hacer a las personas que más quería. Me sentí culpable. Muy culpable. Pero, no fue esa culpa lo que me estaba impidiendo hacerlo, sino el ver, el darme cuenta de lo que tenía. Me di cuenta de que la vida es un regalo, y que, como todos los regalos, también es un poco de quien nos lo da o le da sentido. Así que, gracias, de verdad y sinceras, a todos los que me queréis, a todos los que os quiero, por darme la oportunidad de seguir aquí.