domingo, octubre 28, 2007

todo el frío del mundo

Siento ese frío. Ese frío que nace en la nuca, quizá por el viento o una corriente o qué sé yo, y repasa vértebra a vértebra toda la columna, haciéndote estremecer; y da igual que estés en casa, acurrucado junto al radiador de debajo de la ventana, mirando la misma calle de siempre, que siempre es un poco distinta, con una nueva lluvia, que siempre parece la misma, pegada al cristal por el que miras el vaivén de paraguas, niños que han salido de clase, madres, padres, abuelas, abuelos, gente que va y viene, los que salen del supermercado, los que entran en él, alguno que otro que pasa por el taller de motos, chicos, chicas, quien pasea a su perro, quien simplemente se pasea, y es entonces cuando te das cuenta que no hay nadie al lado, y que estás en casa porque el teléfono lleva meses sin sonar, y que ese frío que se te ha colado por la nuca bien se podría ir con un abrazo, pero no hay quien te abrace más allá de la manta que tienes ahí cerca y en la que te envuelves buscando más un poco de algo que alguien que se hubiera envuelto con una manta dejara allí olvidado, que el calor que te temple el cuerpo. Porque cuando el frío anida debajo de los huesos, no hay manta, ni colcha, ni bolsa de agua, que temple el cuerpo. Y la piel se eriza buscando otra piel, y solo encuentra aire y tela. Y sientes ese frío…

jueves, octubre 18, 2007

tonto

Como cada vez que abro el buzón, siento ese extraño calor dentro de mí. Una desazón que juega a hacerme pensar que puede haber una carta tuya, y no las facturas del teléfono y el gas, toda esa propaganda o los extractos del banco. Y mi sonrisa, esa que se refleja en el buzón nerviosa antes de abrirlo, se desdibuja entre las preocupaciones y un “tonto” por esperar algo que nadie me prometió, que no llegará.

Como cada vez que descuelgo el auricular y pregunto “¿sí?” con la sensación de que tu voz se colará acariciante por mi oído pronunciando mi nombre, y me sentiré tan tonto como la primera vez que hablé con una chica que me gustaba, y pasearé el trocito de pasillo que el cable del teléfono me permite mientras pienso “¡sí, sí, sí!”, y me veo reflejado en el espejo en una situación típica de esas películas que tanto odio. Pero todo eso que, en el fondo y no tan en el fondo me ilusiona, se rompe cuando la voz que me llega no es la tuya, cuando es solo una voz y no una caricia desde un lugar remoto. Y me siento tonto, pues nadie me dijo “te llamaré”.

Como cada vez que paso por delante de esa tienda y entro, inconsciente, y ojeo ropa que no me gusta, sólo por llevar algo a la caja, y verte sonriente, y ver como me saludas con fingida sorpresa con un “no te había visto” cuando los dos nos hemos pillado mirándonos más de una vez en ese cuarto de hora que he deambulado por la tienda, porque nos pueden las ganas y el local es demasiado pequeño como para no cruzarte la mirada con todos los que están allí en ese tiempo al menos una vez. Y entonces me doy cuenta de que tú no estás, y yo estoy pagando, tonto de mí, una camiseta o un pantalón o una de esas camisas de cuadros pequeños o cualquier otra cosa que ni necesito ni me gusta.

Como entrar cada jueves en ese bar, y buscarte en las mesas de cerca de la ventana, mirando atenta la gente pasar y la lluvia que me ha calado hasta los huesos mientras escuchas a Elena o a Patri o a María o a cualquier otra de tus amigas, y, sonriente, acercarme a tu mesa mientras saludo de lejos a los chicos, acodados en la barra y mirándoos, esperándome llegar para repetirme, “dile que podría presentarnos a sus amigas” mientras me piden una cerveza y nos reímos entre palmadas en el hombro. Pero al entrar, no hay nadie en tu mesa, o sólo alguien que no eres tú, que es sólo alguien, y mis amigos me esperan con la cerveza pedida y su palmada es más de ánimo que de sonrisa cómplice, y, sí, me siento tonto una vez más, por esperar encontrarme a alguien con quien no había quedado.

Como cada vez que te recuerdo, cuando, al despertar o al acostarme o al quedarme ensimismado en el trabajo, el bus o cualquier otro lugar, me abordan todos nuestros recuerdos de golpe; las noches sin dormir, los días perdidos entre parques y paseos, los cines, la playa, las pensiones, tu cuarto, el tren o simplemente nuestros gestos. Y me siento tonto al volver a la realidad y darme cuenta de que te echo de menos…

lunes, octubre 08, 2007

podríamos volver al piso

Quedamos frente a las ruinas de aquel cine donde había empezado todo. Había pasado un verano desde su demolición, el mismo tiempo que pasé desde nuestro adiós. Como siempre temí, al vencerse los cimientos de aquellos viejos multicines, se vencieron los nuestros.

Como siempre, te retrasabas. Pero hoy ese retraso, esa espera a la que me tuviste acostumbrado, me impacientaba más de lo que nunca lo había hecho, pues, hoy, no era un día cualquiera, como bien me hacían saber las llaves que, dentro del bolsillo, acariciaba de vez en cuando, intentando creerme lo que estaba haciendo; lo que estaba a punto de hacer.

Giraste la esquina con paso elegante, aunque algo acelerada, no tanto por tu pequeño retraso, como por los nervios de lo que iba a ocurrir. Vestías vaqueros, camiseta entallada y sonrisa nerviosa; pelo suelto rebotando en alegre armonía sobre tus hombros, tímidos pezones despiertos por la brisa de final de verano, caderas abrazadas a tu cinto ancho de cuero y todo mi deseo enmarañado a tu paso.

Nos saludamos con un abrazo, notándonos temblar por primera vez en aquella noche de septiembre. Al soltarnos, comenzamos a andar. Apenas mediamos palabra. Ni nos rozábamos si quiera, distantes, con las manos en los bolsillos; yo aún acariciando con la yema de los dedos aquellas llaves que hoy abrirían por última vez aquella puerta.

Subimos las escaleras del viejo edificio. Subimos a aquel piso; aquel en el que nos descubrimos por primera vez; aquel y no otro, porque, en el fondo, ambos somos vergonzosos, y no queríamos que otras paredes, que otros muebles, desconocidos para nosotros, ajenos, nos vieran nuestra piel, y compartieran nuestra intimidad.

El cerrar la puerta dio paso al viejo sofá; el sofá a los besos; los besos a las caricias; las caricias a desnudarnos; desnudos, nos dimos al tacto, recorrimos con yemas y labios cada centímetro de nuestros cuerpos, aplicados, en nuestro propio silencio, siguiendo el camino que el deseo nos había grabado en la piel. Buscando el placer mutuo, dejando de ser tú y yo, siendo de nuevo, y, por última vez, nosotros, enmarañándonos la piel sobre la vieja alfombra, temblando entre respiraciones entrecortadas, entre suspiros, entre gemidos callados, hasta agotarnos; hasta saciarnos.

De vuelta a casa, nos despedimos en tu portal con dos besos, la mirada clavada en el suelo y la sonrisa pícara y tímida que en su día me cautivó tanto. Los ojos brillaron cuando te deseé buen viaje y se encontraron por penúltima vez. Quedamos en escribirnos, en llamarnos, en no olvidarnos. Subiste sin mirar atrás, y sin mirar atrás emprendí el camino a casa. Nos dejamos en el aire un adiós que nadie se atrevió a pronunciar.

Hoy sé que volvimos al piso; que hicimos el amor bonito. Que, sin hablar, nos dijimos adiós; que nunca seremos amigos.

(inspirado en “podríamos volver al piso”, de deneuve)