Nos gastábamos…
Derrochábamos nuestro poco dinero y nuestros cuerpos de habitación en habitación, en esos cuartos solo amueblados con armarios y camas.
Arrasábamos aquellas cuatro paredes en nuestros incendios, de tal manera que, en dos meses, no quedaba pensión ni hostal donde no nos diera vergüenza entrar.
A veces, comprábamos champán, y jugábamos a que esta ciudad era París; entonces, te veía como la Maga, aunque tú ni siquiera supieras quien era Cortázar. Otras, callejeábamos sin rumbo ni dinero, buscando rincones lo suficientemente oscuros como para hurtarnos del resto, y darnos quedos el uno al otro.
Nos íbamos haciendo daño…
Actuábamos, presas de nuestros propios guiones improvisados, nos volvíamos marionetas en dedos ajenos de manos propias.
Rompíamos a llorar como recién paridos cuando, en momentos de lucidez, asumíamos que no éramos los mejores amantes.
Nos quebramos…
Cuando se agotaron las pensiones y los hostales, cuando ya no quedaron rincones…
…nos olvidamos.
sábado, mayo 27, 2006
martes, mayo 23, 2006
el largo adiós
“¿Qué te pasa?”, preguntaste al notar mi mejilla mojada sobre tu hombro desnudo. “Dime, ¿por qué lloras?, ¿estás bien?”. El miedo empezaba a abrir tus ojos de par en par, esos que hace tan sólo unos minutos estaban cerrados mientras dormías plácida; y tu sonrisa, esa que nada había sido capaz de borrar en los últimos días, se deshacía en un rictus serio y grave.
Hacía seis días que habías llegado, cuatro noches que te había convencido para que dejaras tu hostal y vinieras a mi casa, y tan solo un par de horas que habíamos hecho el amor. Todo era más lindo de lo que tan siquiera había imaginado, por eso rompí a llorar.
Desististe de volver a preguntar, dado que mi única respuesta era silencio y agua entre los párpados. Con suaves caricias envolviste mi cabeza con tus manos, hundiendo tus dedos en mi pelo, y secaste las lágrimas con el dorso de tu otra mano, apretándome levemente sobre tu pecho.
Pensé que escuchar tus latidos me tranquilizaría, me haría sentir que estabas ahí, de verdad. Y así lo sentí, tanto que, lejos de tranquilizarme, esa sensación de realidad, aumentó el vértigo, y tuve que agarrarme fuerte a ti para que la habitación dejara de girar.
Quise pedirte que te quedases. Que no volvieras a tu casa, a tu vida, dentro de unas horas. Pero ese tipo de cosas, al igual que los abrazos o los tequieros, no se pueden pedir.
Como si en ese instante mi cuerpo, atenazado por el pánico, cobarde y tiritón, te susurrara al oído, igual que antes hicieran mis labios para decirte cosas lindas mientras me agarraba a tu cintura y me pagaba a tu espalda como si no hubiera mañana, todos mis miedos, besaste mi frente, y me dijiste, con la mirada fija en el techo, y dejando escapar un poco de agua de entre tus párpados, “yo tampoco quiero marchar…”
Entre lágrimas nos besamos con pasión y urgencia, dándonos esos besos que nacen de los labios sinceros; entre lágrimas, hicimos el amor temblando, entre jadeos y escalofríos, encontrándonos piel con piel en cada descarga de deseo; entregándonos nuestros miedos y nuestros secretos en ese lenguaje que sólo entienden dos cuerpos que se aman aterrorizados. Entre lágrimas, y en silencio, prometimos no volver a vernos.
Hacía seis días que habías llegado, cuatro noches que te había convencido para que dejaras tu hostal y vinieras a mi casa, y tan solo un par de horas que habíamos hecho el amor. Todo era más lindo de lo que tan siquiera había imaginado, por eso rompí a llorar.
Desististe de volver a preguntar, dado que mi única respuesta era silencio y agua entre los párpados. Con suaves caricias envolviste mi cabeza con tus manos, hundiendo tus dedos en mi pelo, y secaste las lágrimas con el dorso de tu otra mano, apretándome levemente sobre tu pecho.
Pensé que escuchar tus latidos me tranquilizaría, me haría sentir que estabas ahí, de verdad. Y así lo sentí, tanto que, lejos de tranquilizarme, esa sensación de realidad, aumentó el vértigo, y tuve que agarrarme fuerte a ti para que la habitación dejara de girar.
Quise pedirte que te quedases. Que no volvieras a tu casa, a tu vida, dentro de unas horas. Pero ese tipo de cosas, al igual que los abrazos o los tequieros, no se pueden pedir.
Como si en ese instante mi cuerpo, atenazado por el pánico, cobarde y tiritón, te susurrara al oído, igual que antes hicieran mis labios para decirte cosas lindas mientras me agarraba a tu cintura y me pagaba a tu espalda como si no hubiera mañana, todos mis miedos, besaste mi frente, y me dijiste, con la mirada fija en el techo, y dejando escapar un poco de agua de entre tus párpados, “yo tampoco quiero marchar…”
Entre lágrimas nos besamos con pasión y urgencia, dándonos esos besos que nacen de los labios sinceros; entre lágrimas, hicimos el amor temblando, entre jadeos y escalofríos, encontrándonos piel con piel en cada descarga de deseo; entregándonos nuestros miedos y nuestros secretos en ese lenguaje que sólo entienden dos cuerpos que se aman aterrorizados. Entre lágrimas, y en silencio, prometimos no volver a vernos.
jueves, mayo 18, 2006
sonata
“[…]Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas[…] Era así. El piano iba por su lado, y el violín por el suyo, y de eso salía la sonata, pero ya ves, en el fondo, no nos encontrábamos. Me di cuenta enseguida, pero las sonatas eran tan hermosas […]”
J. Cortázar (Rayela, cap. 20)
Salimos aquella noche en busca de dos mujeres a las que darnos durante 15 minutos, con las que engañar nuestra soledad. Cuatro horas más tarde, Santos volvía a casa, y yo me encaminaba a la tuya; una vez más. Y una vez más, me abriste; a pesar de ser las 3 de la mañana, y de sacarte de la cama.
Desde el umbral de tu puerta, mis ojos brillantes se clavaron en los tuyos. En silencio, me tomaste del brazo, y me llevaste para dentro, hacia a ti. Me abrazaste, me colmaste de besos, me desnudaste entre caricias, y me llevaste a tu cama.
Hacíamos el amor entre sudor y respiraciones entrecortadas, aplicándome en cada caricia, buscaba regalarte mi dolor, entregarte mi miseria y mi debilidad. Pero no lo conseguí. Me di cuenta, quizá demasiado tarde, cuando tu cuerpo agotado cayó sobre el mío, que no te encontré.
J. Cortázar (Rayela, cap. 20)
Salimos aquella noche en busca de dos mujeres a las que darnos durante 15 minutos, con las que engañar nuestra soledad. Cuatro horas más tarde, Santos volvía a casa, y yo me encaminaba a la tuya; una vez más. Y una vez más, me abriste; a pesar de ser las 3 de la mañana, y de sacarte de la cama.
Desde el umbral de tu puerta, mis ojos brillantes se clavaron en los tuyos. En silencio, me tomaste del brazo, y me llevaste para dentro, hacia a ti. Me abrazaste, me colmaste de besos, me desnudaste entre caricias, y me llevaste a tu cama.
Hacíamos el amor entre sudor y respiraciones entrecortadas, aplicándome en cada caricia, buscaba regalarte mi dolor, entregarte mi miseria y mi debilidad. Pero no lo conseguí. Me di cuenta, quizá demasiado tarde, cuando tu cuerpo agotado cayó sobre el mío, que no te encontré.
domingo, mayo 14, 2006
bella
Y fue en ese momento cuando, por primera vez, te vi de veras.
Sentada desnuda junto a la ventana, con la mirada perdida, al igual que tu esperanza, entre las rendijas de la persiana por donde se colaba la luz de tarde de aquel sábado, admiraba desde mi trinchera de sábanas tu cuerpo desnudo, esbelto, frágil y dulce, con esa belleza que sólo alcanzan a tener las cosas que, tarde o temprano, marchitarán. Apenas podía creer que fuera el mismo tacto que horas antes se pegaba a mi piel, amándome en silencios entrecortados, vestido tan solo con mis caricias y mis labios.
Por un momento, me sentí miserable; como si no fuera digno de ti; como si fueras una moneda tan brillante, que no me atreviera a cogerla por tener las manos sucias. En ese instante, aprendí que la belleza puede llegar a doler.
Sentada desnuda junto a la ventana, con la mirada perdida, al igual que tu esperanza, entre las rendijas de la persiana por donde se colaba la luz de tarde de aquel sábado, admiraba desde mi trinchera de sábanas tu cuerpo desnudo, esbelto, frágil y dulce, con esa belleza que sólo alcanzan a tener las cosas que, tarde o temprano, marchitarán. Apenas podía creer que fuera el mismo tacto que horas antes se pegaba a mi piel, amándome en silencios entrecortados, vestido tan solo con mis caricias y mis labios.
Por un momento, me sentí miserable; como si no fuera digno de ti; como si fueras una moneda tan brillante, que no me atreviera a cogerla por tener las manos sucias. En ese instante, aprendí que la belleza puede llegar a doler.
miércoles, mayo 10, 2006
habitación 103
Aún recuerdo aquella noche, y aquel hostal...
Mis labios anidaban ahí cuando tú te estremecías, olíamos a sexo y a champán, nos quemaba la piel, las ganas y la vida...ardíamos entre el pecado y el silencio, esa extraña ley nuestra de no saber nada más allá de nuestros cuerpos, de prohibir las palabras bonitas cuando te sentabas entre mis piernas después de amarnos, sobre aquel colchón, en el q antes el mundo había anidado en tu pubis, y yo había decidido tomarlo como mío...debimos quemar aquellas sábanas, nadie debería bañarse en nuestro placer, nuestro sudor y nuestro silencio.
play:"hostal nuria", de deneuve
Mis labios anidaban ahí cuando tú te estremecías, olíamos a sexo y a champán, nos quemaba la piel, las ganas y la vida...ardíamos entre el pecado y el silencio, esa extraña ley nuestra de no saber nada más allá de nuestros cuerpos, de prohibir las palabras bonitas cuando te sentabas entre mis piernas después de amarnos, sobre aquel colchón, en el q antes el mundo había anidado en tu pubis, y yo había decidido tomarlo como mío...debimos quemar aquellas sábanas, nadie debería bañarse en nuestro placer, nuestro sudor y nuestro silencio.
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jueves, mayo 04, 2006
el amante
Y apenas le queda nada; ni tan siquiera aquellas cartas firmadas con labios y carmín entre sus dedos temblorosos por la excitación. Sólo le quedan retazos de recuerdos.
No, no te hagas la tonta. Sabes perfectamente de quien te hablo; y sabes que te hablo a ti. “Mejor mala que tonta”, solías decir. Pero ahora, cuando la culpa se posa sobre tus hombros, preferirías ser idiota.
Míralo; sí, hazlo. Tú le hiciste miserable. No, no está arruinado. Sabes a lo que me refiero. Lo sabes aún mejor que yo. ¿Cómo puedes verle a diario y no mirar sus ojos gastados?
Sí, lo sé, yo no soy ningún santo. Pero tampoco soy culpable. No quieras hundirme a mí también con el peso de tu conciencia. Yo no debería implicarme entre tus crímenes. Recuerda el trato: únicamente anido entre tus piernas.
¿Y me preguntas que, entonces, por qué hago esto? No lo sé…quizá por lástima, o quizá porque la culpa, como el cariño, el odio o la oligofrenia, se contagian con el roce. Y nuestros cuerpos ya están gastados de frotarse.
Al final, lo conseguiste. ¿Ves?, yo también me siento culpable. Y no debo. Y no quiero.
Por eso quiero que desaparezcas. Vamos, vístete y lárgate de aquí. Y no vuelvas, ni tan siquiera a pasar por esta calle, ni a llamarme.
Vuelve a su lado. Después de todo, si aún dormís juntos, será por algo. Y no, no me vengas con excusas de guardar las formas. Si vas a seguir con él, deja de mentiros. Si le vas a dejar, no me uses ni como motivo, ni como coartada.
Vamos, vístete deprisa. Sabes que soy adicto a tu piel. Y no digas nada; tu voz ya me ha engañado demasiadas veces.
Por favor; por ti, por él, por mí… vete.
No, no te hagas la tonta. Sabes perfectamente de quien te hablo; y sabes que te hablo a ti. “Mejor mala que tonta”, solías decir. Pero ahora, cuando la culpa se posa sobre tus hombros, preferirías ser idiota.
Míralo; sí, hazlo. Tú le hiciste miserable. No, no está arruinado. Sabes a lo que me refiero. Lo sabes aún mejor que yo. ¿Cómo puedes verle a diario y no mirar sus ojos gastados?
Sí, lo sé, yo no soy ningún santo. Pero tampoco soy culpable. No quieras hundirme a mí también con el peso de tu conciencia. Yo no debería implicarme entre tus crímenes. Recuerda el trato: únicamente anido entre tus piernas.
¿Y me preguntas que, entonces, por qué hago esto? No lo sé…quizá por lástima, o quizá porque la culpa, como el cariño, el odio o la oligofrenia, se contagian con el roce. Y nuestros cuerpos ya están gastados de frotarse.
Al final, lo conseguiste. ¿Ves?, yo también me siento culpable. Y no debo. Y no quiero.
Por eso quiero que desaparezcas. Vamos, vístete y lárgate de aquí. Y no vuelvas, ni tan siquiera a pasar por esta calle, ni a llamarme.
Vuelve a su lado. Después de todo, si aún dormís juntos, será por algo. Y no, no me vengas con excusas de guardar las formas. Si vas a seguir con él, deja de mentiros. Si le vas a dejar, no me uses ni como motivo, ni como coartada.
Vamos, vístete deprisa. Sabes que soy adicto a tu piel. Y no digas nada; tu voz ya me ha engañado demasiadas veces.
Por favor; por ti, por él, por mí… vete.
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