lunes, marzo 27, 2006

el primer adiós

El sol brillaba sobre el patio como solo lo podía hacer el último día de clase. Y los niños y niñas de tercero de E.G.B. corrían de un lado para otro, con los nervios y la excitación que producía el sentirse ya casi de vacaciones.

En una de las esquinas del patio Rubén, Paco, Francisco Javier y Pablo jugaban al baloncesto en una de las papeleras, no porque no llegaran a los aros de las canastas, sino porque los mayores siempre las tenían ocupadas.

En uno de los muchos rebotes de aquella pelota contra la pared, se alejó hasta llegar al lugar donde las niñas de su clase jugaban a la goma. Fue Pablo quien se acercó a por el balón, y Rebe quien se acercó a devolvérselo. Entre sus miradas, cruzaron también palabras. Rebe le preguntó que cuándo marchaba, pues, al igual que el resto de la clase, sabía que Pablo marcharía el siguiente curso a otro colegio, otra ciudad. Pablo le contestó que aquella misma tarde, y, por primera vez en sus vidas, descubrieron la tristeza en su mirada, pues como sólo sabían Rubén y Pablo, a él le gustaba Rebe; y como sólo sabían Almudena y Rebe, a ella le gustaba Pablo.

Sonó el silbato que anunciaba el fin del recreo, y todos los niños y niñas se dirigieron corriendo de vuelta a clase, salvo Pablo y Rebe. Quedaron paralizados uno frete a otro en medio del patio; lo que les costó que sor Herminia les cogiera a cada uno de un brazo, con autoridad y cierto cariño a la vez, y les llevara hasta su clase. Entraron pidiendo disculpas, cabizbajos y sonrojados.

Al final de la mañana Rebe y Pablo se quedaron de nuevo solos, pero esta vez en el aula, para cumplir el castigo que la señorita Julia les había puesto, que no era más que limpiar los borradores, pues, al fin y al cabo, ya eran vacaciones.

Pablo se ofreció a hacerlo él solo, porque la culpa había sido suya, por escapársele el balón; pero Rebe dijo que no, que prefería quedarse. Mientras sacudían los borradores, Rebe le perguntó a Pablo si volvería allí. Pablo se encogió de hombros, pero le dijo que sí que le gustaría. De nuevo reinó el silencio entre ambos, y Pablo vio como Rebe empezaba a llorar. Sin saber muy bien que hacer, o que decir, le preguntó que era lo que la pasaba. Rebe solo contestó que no quería que se fuera, y Pablo la confesó que él no quería irse, pero tenía que hacerlo, y que no llorara, que ella era la niña más guapa de la clase, y que cuando lloraba no lo estaba. Rebe miró a Pablo a los ojos para preguntarle si le gustaba, y Pablo, perdidos ya el miedo y la vergüenza, dijo que sí.

Decidieron hacer una última cosa antes de decirse adiós para siempre, y, escondiéndose en el armario de los abrigos, tal y como se hace aquellas cosas con sabor a prohibido, se besaron, frunciendo los labios y cerrando los ojos, llegando casi sólo a rozarse la punta de la nariz, Rebe y Pablo se dieron su primer beso.

Rubén y Almudena no se sorprendieron cuando, después de esperarlos un rato para volver a casa, Pablo y Rebe salían de la mano, y completamente sonrojandos.

domingo, marzo 19, 2006

mira

Mis fantasmas se iban agolpando detrás de la esquina en la que, impaciente por el retraso, os esperaba. Era una noche de lluvia de un día gris, de una semana gris, que empezaba a teñir mi vida de ese mismo gris.

Aparecisteis entre risas, intentando compartir la culpa del retraso, que, en seguida, te adjudicaste. No sé si fue tu risa, tu mirada o las ganas de entrar al concierto, pero no le di importancia al retraso, que hacía tan solo unos minutos empezaba a desesperarme. Bajamos las escaleras de entrada a aquella sala, camino de una noche más inolvidable de lo que cabía imaginar. Sin darme cuenta, ni lamentar su ausencia, todos mis fantanmas, esos miedos acechantes tras aquella esquina, se deshicieron en la lluvia, suicidándose a través de las alcantarillas.

No pasó demasiado tiempo hasta que Xoel y compañía aparecieron en el escenario; tampoco pasó demasiado tiempo hasta que nos pillamos mirándonos; quizá sí pasó demasiado tiempo hasta que tocaron "Mira", y fue demasiado tarde cuando Diego me comentó que no todo eran flores.

Hoy me alegro de todo aquello...y aún te debo una canción al oido...

play: "mira", de deluxe (era obvio, ¿no?)

miércoles, marzo 15, 2006

la carta que no...

Aún no podía acabar de creerse lo que veían sus ojos. Aquella carta que ahora leía tan cargada con todo sus miedos. No, no era posible. O no debería serlo. No podía soportar la idea de enfrentarse a otro adiós. A su adiós. Al punto final de todo lo que habían vivido.

Sintió en ese momento cómo todo un mundo, su mundo, comenzaba a tambalearse bajo sus pies; cómo se deshacía en escombros cada una de sus ilusiones, y sentía cada uno de esos escombros golpeándole, siendo cada golpe, cada vez, más doloroso, tanto que, esta vez, no tuvo valor, ni fuerzas, ni, lo que es peor, ganas de reprimir su llanto. Fue en ese momento cuando comenzaron a deslizarse por sus mejillas lentas lágrimas, cargados de sal, ahondando así con más dolor las heridas que iban dejando a su paso. Y en el seno de cada una de ellas retumbaba el eco del “¿por qué?” que su alma gritaba desconcertada, cada vez con más fuerza, aturdiéndole cada vez más, hundiéndole cada vez más en su propia miseria.

La rabia le cegaba, y, en pleno ataque de ira, destrozó en pedazos la carta para después tirarla contra la nada, sembrando así el suelo de su cuarto con jirones de sus más callados miedos.

Salió del dormitorio ansiando escapar de sí misma, de todas aquellas palabras cargadas de tristeza que ahora sembraban su cuarto. No entendía. No podía entender el por qué de este adiós, que ninguno de los dos deseaba. Le aturdía la sola idea de que ya no habría un futuro. Que ya no volvería para irse a vivir juntos, ahorrando al máximo de su sueldo mientras él preparaba sus oposiciones y se ocupaba de la casa. Ahorrando para aquella hipoteca, para asegurarse un futuro; para construir una familia. Para todas esas cosas tan normales y tan cotidianas, que ya nunca podría tener.

Se sentó en una de las sillas de la cocina, y, sin parar de llorar, con las manos alrededor de su cabeza, temblando encogida sobre la mesa, gritaba con sus ahogados silencios, maldiciendo todo aquello. Aquella decisión que él había tomado dos años atrás, para poder ahorrar más, y asegurar dos sueldos para un mejor futuro. Estaban tan seguros de que nada malo podría pasar. Además, él lo llevaba bien. Siempre pensó que no aguantaría. Pero él aguantaba, pensando siempre en su futuro. Dos meses más, y habría vuelto, y ya no seguiría allí. Lo dejaría, pues ya tenían suficiente dinero para comenzar una vida juntos. Además, con su nuevo puesto de encargada en la tienda, y lo que había ahorrado, podría preparar sin agobios las oposiciones. Y en cuanto las sacase, a por el niño. Pero ya no. Ya no.

Nunca hubiera imaginado que esto podría llegar a pasar. ¿Quién podría pensar que un país como España se embarcaría en una guerra tan absurda? ¿Cuál era la probabilidad de que a él le tocara ir a Irak? Notaba como el odio se acumulaba en sus manos; sentía como se dormían, cómo ya no podía más. Habían destrozado su vida. Ellos habían destrozado su vida. Ellos, que tomaban decisiones desde un despacho, entre todo el lujo que ella ni siquiera deseaba.

Mientras, en el suelo de su cuarto, aquella carta del Ministerio de Defensa seguía destrozada, tanto como las vidas que destrozaba al llegar. Mientras, en algún rincón de aquel enorme y suntuoso rancho de Tejas, los malditos hombres, bastardos enriquecidos, crecidos por el poder que les había sido prestado, jugaban a ser los amos del mundo, volviendo a destrozar vidas ajenas, cegados por su afán.

viernes, marzo 10, 2006

cuando me abrazas

cuando me abrazas...

...tu cuello huele a rayos de sol, y mis ojos se cierran y entre mis brazos te siento suspirar, y en hombro apoyar tu cabeza, y tu nariz rozar un poco mi cuello...

...el tiempo se hace corto, fugaz, tanto que pido un deseo...

...cuando me abrazas

miércoles, marzo 01, 2006

claudia

Bajabas la escalera bostezando, con pocas ganas de ir al cole, de la mano de mamá. Mamá, que en el rellano siempre se paraba a colocarte la bufanda y el gorro. E ibas de su mano, tan grande al lado de la tuya, por todas aquellas calles, las únicas que reconocías por ti misma. A veces te hacías la remolona para que mamá te llevara la mochila; otras, le contabas si hoy tendrías plástica, que era lo que más te gustaba, o si habías hecho bien las cuentas que la profe nos había mandado el día antes. Siempre mirabas arriba, porque a los seis años todo queda arriba. Y le preguntabas a mamá si te llevaría al parque después de clase. Siempre te despedías de mamá en la esquina que había justo antes de llegar al colegio, pues no eras tan pequeña como para que mamá te llevara al cole, después de todo ya tenías seis años; aunque siempre te volvías al llegar a la puerta y la saludabas sonriendo. Sonreías porque la veías allí, porque siempre que ella estuviese allí todo estaría bien.

Ayer, por la tarde, me encontré a Claudia. Hacía tiempo que no nos veíamos. Estaba sentada sola en un banco del parque. Nos saludamos y me senté a su lado un ratito, ya sabes que yo siempre tengo tiempo. Me contó que ya no todo estaba bien, mientras me traspasaba el gris de sus ojos tristes. No dijo más. Yo no pregunté.

Esta mañana, mientras leía el periódico en el desayuno, me he encontrado con la esquela de la madre de Claudia.


“cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerta lisa y llana
no existía.”

Mario Benedetti.