De sobra sabía que habías vuelto a la ciudad, y también que te volvería a ver. Lo que nunca imaginé es que fuera a encontrarte en la terraza del Berlín.
Estábamos sentados Marcos y yo en aquella mesa, charlando y tomando algo, cuando te vi pasar ante mí. No sé si no me viste o no quisiste verme, pues, como luego me percaté, estabas sentada con tus amigas unas mesas más atrás de nosotros.
Te llamé, y te acercaste. Charlamos un ratito de trivialidades, de tu viaje, de esas cosas que nada me importaban. Y fue entonces cuando me di cuenta de que tú, como todas esas cosas de las que hablábamos, ya no me importabas. Y no fue a causa de tu viaje, y de pasar tanto tiempo sin saber de ti, pues la última vez que te vi antes de irte, en tu casa, y mientras hacíamos el amor, ya sabía que no te quería. Tu viaje, tu silencio durante este tiempo, el no saber de ti, sirvió para darme cuenta de que esta ciudad parece más grande si tú no estás.
Tú aún no lo sabes, pero ese adiós quedo, disfrazado de un ya nos veremos, fue el definitivo.
play: "Berlín", de Deneuve
viernes, julio 28, 2006
jueves, julio 20, 2006
insomne
Duermes. No sé cómo lo consigues con este calor, pero duermes. Ahí estás, a mi lado, hecha un ovillo de piel, con tu respiración tranquila; tan linda cuando duermes…
Me giro despacio, en busca de una postura cómoda en la que dormir, y procurando no despertarte. Miro el suelo cubierto de restos de amor; ropa, llaves, tu bolso, zapatos y algo que no acabo de de adivinar qué es, pero estoy seguro que de niño me hubiera dado miedo.
Noto tu aliento en algún punto indeterminado entre mi nuca y mi espalda. Me produce un escalofrío, aunque no me muevo. Creo que es una sensación agradable, aunque no me ayude a dormir.
Me parece que eso que no identificaba es el ventilador. Podría levantarme y enchufarlo, pero quizá te despierte al hacerlo, o lo haga su zumbido de abejorro, y no quiero que dejes de soñar…estás tan linda cuando duermes…
Odio este maldito cojín. Bueno, no es que lo odie, pero sí echo de menos mi almohada. No entiendo como puedes dormir sin una…¿no te duele el cuello?...supongo que no…
¿Qué hora será? Aquí no hay ningún reloj donde se vea. Yo tengo uno de esos radio-despertadores en los que siempre se ve la hora, pero ya veo que tú no…bueno, algo más en lo que no nos parecemos, además de lo de la almohada…y que tú sí duermes.
Otro bostezo. Debo llevar cerca de mil. Estoy tan cansado. Creo que probaré a cerrar los ojos y quedarme quieto, como cuando de pequeño me hacía el dormido. Si conseguía engañar a mi madre, quizá me consiga engañar a mí…¿estoy dormido?....creo q empiezo a estarlo…buenas noches, cariño…
Me giro despacio, en busca de una postura cómoda en la que dormir, y procurando no despertarte. Miro el suelo cubierto de restos de amor; ropa, llaves, tu bolso, zapatos y algo que no acabo de de adivinar qué es, pero estoy seguro que de niño me hubiera dado miedo.
Noto tu aliento en algún punto indeterminado entre mi nuca y mi espalda. Me produce un escalofrío, aunque no me muevo. Creo que es una sensación agradable, aunque no me ayude a dormir.
Me parece que eso que no identificaba es el ventilador. Podría levantarme y enchufarlo, pero quizá te despierte al hacerlo, o lo haga su zumbido de abejorro, y no quiero que dejes de soñar…estás tan linda cuando duermes…
Odio este maldito cojín. Bueno, no es que lo odie, pero sí echo de menos mi almohada. No entiendo como puedes dormir sin una…¿no te duele el cuello?...supongo que no…
¿Qué hora será? Aquí no hay ningún reloj donde se vea. Yo tengo uno de esos radio-despertadores en los que siempre se ve la hora, pero ya veo que tú no…bueno, algo más en lo que no nos parecemos, además de lo de la almohada…y que tú sí duermes.
Otro bostezo. Debo llevar cerca de mil. Estoy tan cansado. Creo que probaré a cerrar los ojos y quedarme quieto, como cuando de pequeño me hacía el dormido. Si conseguía engañar a mi madre, quizá me consiga engañar a mí…¿estoy dormido?....creo q empiezo a estarlo…buenas noches, cariño…
martes, julio 11, 2006
esta casa es para dos
Cuando decidiste marchar, no me dejaste sin nada. Tu recuerdo se quedó aquí; conmigo.
Y aunque ya nadie me tire del brazo por las mañanas para sacarme de la cama porque hay mil cosas que hacer, o me posponga un beso en los labios hasta después del desayuno, porque ha estado ocho horas con la boca cerrada, y no es bueno besarse en ayunas, siempre me da los buenos días, cuando la encuentro en el hueco que tú ocupabas entre la almohada y las sábanas.
(Sí, ya sé, otros a eso le llaman tristeza, pero yo no me atrevo a darle un nombre tan lindo)
Y aunque nadie me llame desde el umbral de la puerta para que la ayude a meter las bolsas de la compra que hizo al salir del trabajo, para después pedirme que hoy también haga yo la comida, prometiéndome que luego fregará, aunque después nos quedemos dormidos en el sofá y los platos en la fregadera hasta la noche, sigo cocinando para dos.
(Y sí, lo sé, eso algunos lo llamarán saudade o morriña, pero tú no conoces Lisboa, y ni siquiera eres gallega)
Y aunque ya nadie me convenza con caricias cada noche de irnos juntos a la ducha, para después correr a la cama desnudos y agotarnos haciendo el amor, aún sigo durmiéndome cada noche entre restos de humedad.
(Lo sé, sí, lo sé; otros a eso lo llamarían deseo, pero yo sé que tan solo es echarte de menos)
Y a pesar de la culpabilidad con la que me miras cuando nos vemos, no me dejaste solo, me dejaste con tu recuerdo.
Y aunque ya nadie me tire del brazo por las mañanas para sacarme de la cama porque hay mil cosas que hacer, o me posponga un beso en los labios hasta después del desayuno, porque ha estado ocho horas con la boca cerrada, y no es bueno besarse en ayunas, siempre me da los buenos días, cuando la encuentro en el hueco que tú ocupabas entre la almohada y las sábanas.
(Sí, ya sé, otros a eso le llaman tristeza, pero yo no me atrevo a darle un nombre tan lindo)
Y aunque nadie me llame desde el umbral de la puerta para que la ayude a meter las bolsas de la compra que hizo al salir del trabajo, para después pedirme que hoy también haga yo la comida, prometiéndome que luego fregará, aunque después nos quedemos dormidos en el sofá y los platos en la fregadera hasta la noche, sigo cocinando para dos.
(Y sí, lo sé, eso algunos lo llamarán saudade o morriña, pero tú no conoces Lisboa, y ni siquiera eres gallega)
Y aunque ya nadie me convenza con caricias cada noche de irnos juntos a la ducha, para después correr a la cama desnudos y agotarnos haciendo el amor, aún sigo durmiéndome cada noche entre restos de humedad.
(Lo sé, sí, lo sé; otros a eso lo llamarían deseo, pero yo sé que tan solo es echarte de menos)
Y a pesar de la culpabilidad con la que me miras cuando nos vemos, no me dejaste solo, me dejaste con tu recuerdo.
sábado, julio 08, 2006
la despedida
Cuando llegué a casa no te oí.
Recorrí los cuartos, toque suave en la puerta del baño, miré en el salón y en el estudio, pero no quedaba nada de tí...ni un susurro...
Al llegar a la cocina, busqué sobre la nevera alguna nota con uno de tus recados, con uno de esos en los que me dices si vas a hacer la compra, o has bajado a tomar un café o a por el correo...
allí, como siempre encontré tu recado...
era un adiós...
Recorrí los cuartos, toque suave en la puerta del baño, miré en el salón y en el estudio, pero no quedaba nada de tí...ni un susurro...
Al llegar a la cocina, busqué sobre la nevera alguna nota con uno de tus recados, con uno de esos en los que me dices si vas a hacer la compra, o has bajado a tomar un café o a por el correo...
allí, como siempre encontré tu recado...
era un adiós...
lunes, julio 03, 2006
volver
Volví a aquella ciudad, y, una vez más, a aquella casa, tu casa; esa que siempre quisiste que llamase mi casa. Como tantas otras veces me recibiste con una sonrisa.
Yo había ido hasta allí para saber verdades de las que nos harían daño, pero ninguno buscábamos preguntas que no quieren respuesta.
Quizá sólo debí aceptar un café, y no el quedarme a cenar. Pero pensaba que ya no era adicto a ti.
Después de la cena pasamos al salón. A aquel salón donde creí que ya te había dado mi adiós más salvaje. Dos copas de vino, tú y yo. El resto, la desgastada historia de los cuerpos que se buscan, y dos pieles que se frotan.
Sin palabras, me pediste que me quedara a dormir desde la trinchera de tus sábanas; pero yo seguí vistiéndome.
-Quédate.
-No.
-Otro lo haría.
-Yo no soy otro.
Salí de tu casa, perdiéndome en calles desiertas, y con el sabor de un último adiós en mis labios.
Yo había ido hasta allí para saber verdades de las que nos harían daño, pero ninguno buscábamos preguntas que no quieren respuesta.
Quizá sólo debí aceptar un café, y no el quedarme a cenar. Pero pensaba que ya no era adicto a ti.
Después de la cena pasamos al salón. A aquel salón donde creí que ya te había dado mi adiós más salvaje. Dos copas de vino, tú y yo. El resto, la desgastada historia de los cuerpos que se buscan, y dos pieles que se frotan.
Sin palabras, me pediste que me quedara a dormir desde la trinchera de tus sábanas; pero yo seguí vistiéndome.
-Quédate.
-No.
-Otro lo haría.
-Yo no soy otro.
Salí de tu casa, perdiéndome en calles desiertas, y con el sabor de un último adiós en mis labios.
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