jueves, abril 26, 2007

de la mano

Tomé tu mano para cruzar corriendo dobles carriles, para perdernos de paseo bajo todos aquellos arcos, para ir a los columpios donde tenía aquella foto de pequeño, para jugar como niños pequeños en un tren, para que me coronases con margaritas, para estar contigo.

Tomé tu mano porque tu sonrisa pintaba estrellas de plata, porque somos anión, porque hacemos flanes de arena, porque compartimos gominolas intercaladas con abrazos, porque, aunque tímida, desde hacía un año, estaba ahí; porque te adoraba, tanto, que, por dos veces, me enamoraste.


(y, por todo esto, y por mucho más, es por lo que te echaré de menos en la ciudaddeenmedio)

viernes, abril 13, 2007

cantos de sirena

Sí, es cierto, me dejé seducir por su voz

(pero de eso, ya hacía tiempo)

Sí, es cierto, me dejé engatursar por su sonrisa

(pero su sonrisa era algo que ya hacía un año me había atrapado)

Sí, es cierto, corrí de su mano la carretera para buscar un lugar donde ver las estrellas

(pero sólo era una excusa, para poder mirarla a ella)

Sí, es cierto, derrumbarán el cine donde hacían sesiones sólo para dos

(pero ese cine ya estaba cerrado antes de encontrarnos)

Sí, es cierto, he desaparecido un poco porque me he perdido en su abrazo

(pero al final, tengo con quien ir al cine y besar su frente, y tú, compañera, sabes lo importante que es eso)

Sí, es cierto, ahora, estoy mejor que bien


para tí, por ser sirena, y para tí, que sé que me lees de vez en cuando (ojalá sigas siendo feliz, pequeña esquimal)

lunes, abril 02, 2007

tú rompió mi corazón

Te veía tras el mostrador de la tienda de aquel museo, mientras esperaba en la cola con el catálogo de aquella exposición de dibujos imposibles que acababa de ver. Tú, todo paciencia y sonrisa, atendías a una mujer que no acababa de comprender del todo aquellos cuadros que acababa de ver, mientras un niño impaciente saltaba de un lado a otro preguntando por el precio de las bolsas de canicas (aún, no llego a entender porqué hay canicas en la tienda de un museo).

Poco antes de que llegara mi turno, levantaste tu mirada, cruzándose con la mía, provocando algún gesto gracioso acerca de la insistencia del niño y las canicas, que desembocaron en un par de sonrisas tímidas, y algo tontas. Llegó mi turno, y, al darte el grueso volumen que encerraba aquellos dibujos imposibles, una de las esquinas se clavó en tu dedo corazón. Te hice daño, y mi azoramiento y mi “lo siento” casi tartamudeado, y tu media sonrisa amable y tu cortesía decorando aquel “no es nada”, no podía cambiarlo.

Después de pagar, salí algo apresurado, con un nuevo lo siento en los labios y la mirada clavada en el suelo. Supongo que quería huir de aquella incómoda situación. En la calle, un poco más allá de aquel museo, me derrumbé por dentro al encarar la boca de metro y comenzar a bajar los escalones. Ya en el vagón, apoyado en el fondo y mirando pasar las interminables y sucias paredes de ladrillo desgastado intercaladas con las estaciones, me di cuenta que, en tan sólo tres minutos que estuve enamorado de ti, ya te dañé el corazón.

Y, ahora, sólo me queda una duda, ¿cuánto daño podré hacer el día que consiga enamorarme más de tres minutos?