viernes, septiembre 28, 2007

hoy

Hoy, cuando te vayas, cuando te levantes de mi lado, cuando salgas de la ducha, cuando recojas la ropa del suelo y te vistas en silencio para no despertarme, mientras yo me hago el dormido, por favor, olvida tus llaves sobre la mesilla.

Hoy, cuando tras vestirte, pases por la cocina, y bebas lo poco que queda del zumo de naranja en la nevera, cuando cierres su puerta y releas mientras lo bebes todas mis notas de quien ha llamado, de ideas, de recados, de listas de la compra ya hechas, de imanes de sitios donde estuve contigo y sin ti, no cojas el lápiz de la encimera, no tomes ninguno de esos papeles y escribas nada por detrás, donde aún quede un espacio en blanco.

Hoy, cuando llegues a casa después del trabajo, cuando te hayas desnudado y hayas puesto la lavadora, cuando te pongas tu pijama y te sientes ante la tele dudando si hacer o no la cena, y con el teléfono en la mano consultando la agenda, no me llames.

Hoy, cuando vayas a la cama, acariciando tu cuello dolorido de sestear sentada en el sofá ante otra insoportable película repetida, cuando apagues la luz y des media vuelta buscando postura para uno en una cama para dos, no me recuerdes.

Porque no te abriré más la puerta; porque no volveré a leer tus mensajes ni tus cartas; porque no volveré a coger el teléfono; porque no volveré a soñarte.

Porque si no soy capaz de olvidarte, quiero ser capaz de que me olvides.

martes, septiembre 18, 2007

las palomas

Todas las tardes baja, al poco de comer, con una bolsa con pan duro, que toma pedazo a pedazo entre sus manos, y poco a poco, va desmigando, mientras las sombras de los olmos llegan un poco más allá del banco donde, cada día, al poco de comer, baja a sentarse, con su boina calada, su chaqueta marrón de franela, sus pantalones de tergal gris y su camisa de algodón blanca, que seguro tiene sus iniciales bordadas en granate en el bolsillo.

Cada tarde de cada día, excepto los domingos y algún que otro sábado, baja con su bolsa de pan duro al banco de en frente de casa. Y es entonces cuando deja caer las migas en el suelo, no muy lejos de él, porque, en el fondo, sólo busca compañía, y poco a poco, con una timidez y un respeto extraño en ellas, las palomas van llegando, van acercándose ordenadas, sin montar sus típicos revuelos ni disputar una sola de las migas que, poco a poco, desgrana despacio y con minuciosidad de los mendrugos.

Muchas veces, desde mi ventana, le veo mover los labios mirándolas, mientras sigue desmigando para ellas...creo, que, en realidad, desmiga algo más que pan para esas palomas, y ellas, satisfechas, se encargan de tomarlo.

(-¿Has visto a ese señor mayor que siempre compra dos barras?
-que raro…si yo creía q vivía solo….)