Hay dioses inconsistentes, con pies de barro, otros sin embargo, eternos pero sin cimientos, desde su cielo. Nosotros eramos dioses con ruedas en los pies...cualquier golpe de viento podría tumbarnos, o lanzarnos disparados hacia nuestro objetivo...pero, cual era ese objetivo?
Quedábamos cada tarde donde siempre, para hacer casi lo de siempre, nos acostumbramos a no usar las aceras para que las ruedas nos durasen un poco más (esos pequeños tesoros que comprábamos con propinas ahorradas a base de tardes y tardes quemando las viejas ruedas). Muchas veces era divertido ser el más rápido, o el que más alto o más lejos saltaba, o el que se atrevía a bajar aquella cuesta, o el que saltaba las escaleras del corte inglés sin asustarle que un coche pudiera pasar y llevárselo en el trayecto de frenada...daba igual que fueramos dioses aún creciendo bajo la sombra más alargada de lo deseado de sus progenitores, dioses castigados por llegar tarde, dioses, al fin y al cabo, con ruedas en los pies, sentados en el parque, y una lata de cerveza caliente en la mano, jugando a hacer sus propias reglas...pequeños y endebles, vulnerables dioses de sí mismos...pero dioses, al fin y al cabo.
play: "malo muchacho", mucho muchacho
miércoles, junio 29, 2005
viernes, junio 17, 2005
de aquellos días de bailes y besos no del todo robados.
Sentada en aquel viejo bar irlandés de la esquina entre la 74 y Broadway, delante de aquella ginebra a medias, porque la ginebra es la bebida de las señoritas, viendo una mancha negra de una beta de la madera en el fondo de su vaso. Por un segundo pensó que aquella mancha estaba dentro de su vaso, que era una pequeña isla de alquitrán en su ginebra, poblada por pequeñas manos sin cuerpo que habían olvidado la diferencia entre el tacto de aquellos días de sol y bailes de salón, de días de adolescencia y de su adios, de juventud cada vez más marchita, de la pequeña desazón de empezar a verse sola, de aquellos días de salidas nocturnas enfundada en uno de esos vestidos de disimular la carne y la gravedad, de miradas al espejo...poco a poco llegan a su mente los flashes de esas horas sentada en un banco del parque y mirando de soslayo a aquellas primerizas madres, cargadas de preocupaciones y estrías, y ella con un puesto, una vida y sin nada que alimentar con su pecho...con los años, solo un gato...con los años, ya no sale en busca de alguien...solo de conversación.
Aquella mancha se ha quedado atrapada bajo su vaso, ahogada la isla y todas las manos entre la ginebra y algunas lágrimas, con todas sus manos, su gato, los niños, sus vestidos, su puesto, sus horas...con todos aquellos días de bailes y besos no del todo robados.
Aquella mancha se ha quedado atrapada bajo su vaso, ahogada la isla y todas las manos entre la ginebra y algunas lágrimas, con todas sus manos, su gato, los niños, sus vestidos, su puesto, sus horas...con todos aquellos días de bailes y besos no del todo robados.
viernes, junio 10, 2005
en un mugriento hotel de nyc
Está en el suelo. Está desnuda en el suelo. Está desnuda con una gran mancha junto a ella, en el suelo. Está desnuda y rota, con una gran mancha junto a ella, en el suelo. Está desnuda y rota, con una gran mancha roja junto a ella, en el suelo. Está desnuda y rota, con una gran mancha roja brotando de su cabeza junto a ella, en el suelo. Está desnuda y rota, muerta, con una gran mancha roja brotando de su cabeza junto a ella, en el suelo.
Está desnuda.
Está rota.
Está muerta.
Está...en el suelo.
"Tranquilo, Sid, solo hiciste lo q te pidió..."
Está desnuda.
Está rota.
Está muerta.
Está...en el suelo.
"Tranquilo, Sid, solo hiciste lo q te pidió..."
martes, junio 07, 2005
toda la tristeza del mundo
A veces siento frío bajo las uñas, como si mil muñecos de trapo decidieran vaciar toda su arena sobre mí; pero yo no soy un reloj. Sólo soy el cuenco que forman las manos de un niño torpe y miedica en el q se va acumulando toda la tristeza del mundo, toda esa tristeza contagiosa q cae sobre mi cabeza, q me hunde. Toda la tristeza de cada minuto, de cada segundo, de cada ser q ya nada te importa. Toda la tristeza q se esconde, acechante, entre las sábanas de dos cuerpos desnudos. Toda esa tristeza que amordaza los tobillos del anciano que camina con pasos cortos. Toda esa tristeza que me mira obtusa con ojos de cristal de gato, mientras me susurra "bienvenido", y me abraza como una madre cargada de prejuicios hacia un hijo que pudo ser suyo, qur no sabe si es suyo, q no es suyo, aunque durmiera en su vientre. Toda la tristeza de cada segundo que me pesa fría, pálida, con cara de niña regañada.
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